Como era de esperar, la candidata apoyada por Lula, Dilma Rousseff, se impuso fácilmente en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas del 31 de octubre 2010. Ella obtuvo el 56% de los votos, doce puntos por delante del candidato de la oposición, José Serra.

En términos de geografía electoral, la elección de Dilma Rousseff, es un voto por la continuidad y el reconocimiento. Sus resultados son muy similares a los de Lula en 2006, cuando fue elegido para su segundo mandato. Sus bastiones electorales estuvieron en las zonas más pobres del país (nordeste y norte). Por ejemplo, obtuvieron el 80% de los votos en el estado de Amazonas, el 79% en Maranhão, el 77% en Ceará (donde Lula había ganado anteriormente con el 86%, 84% y 82% respectivamente).

Dilma Rousseff realizó, al igual que Lula, una mala elección en la zona centro-oeste y sur de Brasil, uno de los territorios más desarrollados y dinámicos del país. Esto nos da la pauta de que hubo una fuerte correlación entre la votación de Dilma Rousseff, y la geografía de la redistribución de la riqueza, siendo la candidata del Partido de los Trabajadores (PT) más eficiente en las áreas que más se han beneficiado de programas sociales (como la Bolsa de Familia).

Dilma Rousseff, asumió el cargo el 1 de enero de 2011. La sucesión se presentó tranquila, entre un Lula con gran popularidad (80% de aprobación a finales de octubre de 2010) y quien fue la coordinadora del gobierno desde abril 2005 a mayo de 2010. Los indicadores económicos son auspiciosos, ya que la pobreza declinó marcadamente, e incluso los brasileños parecen haber recobrado la confianza en su potencial.

Brasil parece estar encaminado, y Dilma Rousseff se enfrenta “solamente” al desafío de tomar el timón en plena marcha. A pesar de su falta de experiencia electoral, conoce claramente el funcionamiento de la política. En su primer discurso como presidente, apeló al legado de la era Lula, inscribiendo sus acciones futuras en línea con las directrices de la política del ex metalúrgico. En cuanto a la economía, Dilma Rousseff se ha comprometido en aplicar una política económica sólida, de continuidad con el rumbo actual, y teniendo la inflación como una de sus principales prioridades. Dilma anunció también que limitaría los gastos corrientes del Estado, simplificar el funcionamiento de la administración pública y mejorar la calidad de los servicios públicos (incluida la justicia, la educación y la salud, que eran algunos de los puntos oscuros en el balance de la gestión de Lula).

En cuanto al plano social, si Dilma Rousseff se las arregla para mantener el crecimiento económico, los programas de redistribución de la riqueza, tenderán a ser profundizados. De esta forma, los 12,6 millones de familias que actualmente reciben el Bolsa Familia tendrían derecho cada año al pago del aguinaldo o décimo tercer mes. Del mismo modo, el salario mínimo se espera que llegue a los 600 reales al final de su mandato en 2014. Con Lula, se elevó de 200 reales en 2002 a 510 reales en 2010.

En relación a la continuidad en la política exterior, la nueva mandataria plantea seguir con la estrategia de afirmación internacional de Brasil. Dilma Rousseff, quien acompañó a Lula a Seúl para la cumbre del G-20 (11 y 12 de noviembre de 2010), ha anunciado su voluntad de trabajar para una reorganización del sistema financiero internacional y para el desarrollo del multilateralismo.

Pero si la nueva mandataria quiere establecer su liderazgo político para hacer valer su autonomía frente a Lula, solamente la continuidad del derrotero del gobierno del ex sindicalista no le será suficiente. Para ello, Dilma Rousseff tendrá que demostrar su liderazgo, capitalizar la victoria simbólica que supone ser la primera mujer en la historia brasileña en acceder a la presidencia. La nueva presidenta también debe enfrentar el desafío implementar reformas que el propio Lula no ha abordado durante sus dos mandatos, como por ejemplo la reforma fiscal, la reforma agraria, reforma en las finanzas de la campaña, reforma de la seguridad social y salud, etc.

Para hacer frente a las estructuras desiguales de la economía y la sociedad en Brasil, Dilma Rousseff tiene, a priori, una mayor flexibilidad que su predecesor, puesto que puede apoyarse en una mayoría cualificada de tres quintos en el Congreso, lo cual es un capital electoral que no se daba desde el retorno a la democracia en Brasil en 1985. Los partidos que apoyan al gobierno cuentan con el 60% de los escaños en la Cámara de Diputados (311 de 513) y el 63% en el Senado (51 de 81), lo cual le otorga a la nueva mandataria una mayoría suficiente como para permitir una revisión de la Constitución si fuere necesario.

Detrás de este panorama positivo, la realidad es sin embargo más compleja. El PT sólo controla el 17% de los escaños en el Congreso. Compuesto por diez partidos políticos, la coalición que apoya al nuevo gobierno es tan heterogénea como inestable. Inmediatamente después del balotaje, los diversos socios han expresado sus pretensiones en las 36 carteras ministeriales. El principal aliado del PT en esta coalición es el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), que ocupa la Vicepresidencia con Michel Temer y que cuenta con 79 diputados (es el segundo partido más grande en la Cámara de Diputados) y 20 senadores (primera mayoría en el Senado). Sin embargo, cabe señalar que este partido es una reunión de líderes locales, sin coherencia ideológica real, al punto tal que el PMDB ha participado en todos los gobiernos desde que el país retornó a la democracia.

El Partido de los Trabajadores no deberá descuidar los otros integrantes de la coalición, como el Partido Socialista Brasileño (PSB) que posee 41 escaños en la Cámara de Diputados, 6 en la de senadores, y ha sido un aliado histórico durante la gestión del gobierno Lula. Asimismo deberá tener en cuenta el rumbo del Partido Democrático del Trabajo (PDT) (con 28 escaños) o el impredecible Partido Republicano (PR), heredero del Partido Liberal (con 41 escaños). En vistas a este panorama, cabe señalar que, paradójicamente, las principales dificultades del nuevo gobierno no provendrán de la oposición, habida cuenta de su debilitamiento en las elecciones de 2010.

Para gobernar, Dilma Rousseff, deberá hacer muchas concesiones, motivo por el cual tanto el juego de poder como el devenir del gobierno durante los próximos meses serán aspectos de enorme relevancia para analizar su habilidad política. En este sentido, cabe señalar que si Lula es conocido por su capacidad de negociación, no se sabe si Dilma Rousseff posee la misma calidad de la diplomacia del ex sindicalista. Inclusive durante la campaña, constantemente se afirmó desde el PT que “Lula no es Dilma Rousseff”, motivo por el cual sería incongruente apostar por una continuidad política total entre ambos.

Lula

Dilma Rousseff

Genero Hombre Mujer
Origen Social Pobre – Rural Urbano – Intelectual
Año de nacimiento 1945 1947
Región de nacimiento Nordeste Sudeste
Nivel escolar Primario Doctoral
Profesión Obrero metalúrgico Economista
Adhesión al PT Tempranamente (1980) Tardíamente (2001)
Experiencia política Electoral – Partidario Administrativo – Partidario (PDT)
Estilo Político Fuerte Carisma 

Negociación / Cooperación

Débil Carisma 

Confrontación

En cuanto a la trayectoria personal o estilo político, los dos dirigentes son muy diferentes entre sí. Mucho menos carismática que Lula, Dilma Rousseff fue tildada de picolé de chuchu (dulce para niños de poco sabor), un término muy usado en Brasil para caracterizar a los líderes que carecen de carisma pero son competentes en sus funciones. A esto se suma su falta de experiencia electoral, puesto que a los 62 años nunca antes había concurrido a un cargo por sufragio universal. En este sentido, Dilma ha sido una colaboradora eficaz, que se ha desempeñado más como un cuadro técnico que político.

Dependiente originalmente de la personalidad y popularidad de Lula, la nueva mandataria necesitará tiempo para trazar su propio rumbo, afirmar su propio estilo e imponer su sello. Sin embargo, será altamente problemático tener que enfrentar el desafío de tener éxito frente a un mito vivo en este aspecto como fue erigido el propio Lula. O inclusive deberá abordar el problema de satisfacer de igual forma las demandas de los más pobres sin irritar a la élite que motoriza el crecimiento de la economía brasileña. ¿Podrá Dilma Rousseff tener éxito en mantener el equilibrio macroeconómico y dar solución a las contradicciones en las que se basa la política de crecimiento implementada por Lula? Esto se ve claramente en la política comercial, donde la estimulación los exportadores del agro-negocio es difícilmente compatible con la reforma territorial y ambiental.

A partir de enero de 2011, el talento de equilibrista de Dilma Rousseff comenzará a ser probado. Sin embargo, Lula, que convirtió a Rousseff en reina, ha instalado varias redes de seguridad, como por ejemplo mantener en la sombra una influencia decisiva en la gestión de los asuntos nacionales. En este sentido, y como muestra de una transición sin problemas, la nueva presidenta afirmó la noche de su victoria “llamaré a la puerta de Lula según sea necesario y sé que estará abierta”.

(*) Publicado originalmente en francés en http://www.ceri-sciencespo.com/archive/2010/decembre/art_fl.pdf.

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