No es fatalismo, pero bajo las condiciones políticas y sociales actuales, la democracia en México pudiera de retroceder a una semidemocracia (si no es que ya lo es). Las reglas de acceso al poder son de tipo democrático, pero los partidos políticos y los grupos de poder fácticos se las han ingeniado para desvirtuarlas; existe una división de poderes, pero el Judicial es ineficiente y alejado de la sociedad[i]; el poder Legislativo es dirigido por cúpulas partidistas corruptas y grupos económicos poderosos, entre ellos las televisoras privadas, que tienen una influencia decisiva para formar o detener proyectos de ley.

Existe una polarización entre una izquierda inútil, sin vocación para ganar elecciones, anclada en un discurso caduco, seudoprogresista, que defiende modelos de desarrollo fracasados; y una derecha dividida entre reaccionarios ultraconservadores y una derecha legalista y conformista, que en el gobierno se ha mostrado extremadamente ineficaz y dubitativa, por esencia y vocación defensora del status quo, que lo mismo salvaguarda los intereses de la iglesia que aquellos de las más grandes empresas que lucran con la pobreza en el país. Situación, la cual, ha peligrosamente permitido que las corrientes más retrógradas y corruptas se hayan adueñado literalmente de sectores esenciales para el buen funcionamiento de una nación como el sector educativo y el de las comunicaciones.

Lo más grave es la inexistencia de una sociedad civil organizada independiente de los partidos o de los grupos de poder; aunado a una intelectualidad cómoda con la situación y una opinión pública que sólo se ocupa de inflar estereotipos de uno y otro lado, que se regodea con nimiedades descuidando el análisis de la realidad, sin autocrítica ni capacidad de señalar las carencias de una país que prefiere mantenerse en una especie de infantilismo eterno.

Neo-Autoritarismo

El actual sistema de partidos en México está dominado por un tripartidismo en torno al cual orbitan algunos pequeños partidos-negocio[ii], generando gobiernos que se acercan a una especie de autoritarismo disfrazado, el neoautoritarismo: no es el sector militar el brazo de la coalición dominante (burguesía y sectores corporativos), sino que ahora son los propios partidos los que bajo la fachada democrática velan estrictamente por los intereses de quienes más les ofrezcan dinero y están dejando morir, literalmente, al Estado.

Según el último reporte de Freedom House 2011: The authoritarian challenge to democracy, México pasó de ser considerado un país “libre” a “parcialmente libre” producto de la ola de violencia del crimen organizado que asola a varios estados del país y que ha dejado al descubierto las corruptelas de décadas de malos gobiernos en los niveles municipales y estatales y la ineficiencia del gobierno nacional. La situación no ha alcanzado un mayor nivel de gravedad gracias a la intervención del ejercito y la marina, pero ésta “solución” ya ha generado movimientos de descontento por las muertes accidentales (y otras no) producto de una inexistente coordinación  entre corporaciones policiacas y militares, y un nulo trabajo de inteligencia. La violencia de ésta “guerra” se le adjudica sólo al actual presidente, lavándose las manos todos los partidos y niveles de gobierno, incluso aquellos que pertenecen al partido en el poder, cuando en realidad es simplemente el resultado de una degradación social e incompetencia de las autoridades que se arrastra desde hace al menos cuatro décadas.

Desde el 2006 las primeras planas de los diarios empezaron a mencionar de forma cotidiana los ataques y enfrentamientos, que según los mismos datos del actual gobierno alcanzaron de ese año al 2010 la cifra de poco más de 20,000 muertos. Hay muchos factores que en los últimos años se han conjuntado permitiendo que el crimen organizado desafíe son miramientos al Estado. ¿A que se debe este retroceso? El problema es que la imagen de Freedom House es apenas una fotografía que no muestra un panorama desolador a nivel político que puede llevar a éste país no sólo a retroceder políticamente sino socialmente.

El desgobierno de la derecha

Uno de los ejemplos más claros del sometimiento de las decisiones de gobierno a grupos de poder fácticos como es el caso de la educación pública. Desde su llegada a la presidencia, Felipe Calderón tuvo que “pagar” el apoyo que la líder del Sindicato Nacional de Trabajadores (SNTE) le dió para llegar al poder, antes y después de una elección muy cerrada.

El SNTE es manejado por su líder, Elba Esther Gordillo, como una latifundista moderna, dónde lo que se reparte no son tierras para trabajar, sino plazas de maestro para las escuelas públicas del sistema primario y secundario. La lideresa maneja todos los movimientos de éste sindicato, el más grande de América Latina con casi un millón y medio de afiliados, con las características propias del cacicazgo del siglo XIX llegando al extremo de auto designarse (corrompiendo y hostigando para poder lograrlo) Presidenta vitalicia de dicho sindicato.

La alianza de Calderón con dicha lideresa ha sido costosa para el país y la educación: el ministro (secretario) de educación, Alonso Lujambio, parece más un empleado de la líder del sindicato (y actúa como tal) que un servidor público de alto nivel; los profesores de las escuelas de nivel básico se niegan a ser evaluados, las pocas evaluaciones que se llevan a cabo no tienen ningún impacto, ante los bajos niveles de calidad en la educación las clases medias altas optan por la educación privada, generando un espejismo sobre ésta: “si es privada, es buena” lo que no es cierto. Además, ello ha generado la proliferación de escuelas poco controladas y evaluadas. Los resultados de la prueba internacional PISA ubicaron a México en el lugar 48 de entre 66 naciones y, de entre los países de la OCDE, está en el último lugar.

El panorama en la educación superior es quizá más desolador, la proliferación de universidades privadas de baja calidad es una respuesta ante los bajísimos niveles de inversión en ese sector. Tales supuestas universidades, que en realidad se parecen más centros de capacitación para el trabajo, pues no desarrollan investigación ni difusión del conocimiento, han desvirtuado el rol de la universidad, empujando a la sociedad a “pedir” que las universidades públicas creen carreras sólo para el mercado laboral desfigurando el rol e importancia de las ciencias sociales y las humanidades. Esta situación fortalece la dependencia cultural e intelectual que padece México, al igual que Latinoamérica, hacia los llamados países centrales.

El sector de la comunicaciones es otro de los ejemplos del desgobierno de la derecha en el poder en México. En un país que tiene una extensión 5 veces mayor a la de Italia, por poner un ejemplo, la inversión en transporte público de masas de largas distancias es nulo. Desde hace más de 50 años que el tren para pasajeros prácticamente no existe. Pero el actual gobierno se ufana de invertir en carreteras, lo que supone una inversión que beneficia a una o dos grandes empresas de la construcción a lo mucho. Los trabajos que se crean por hacer o ampliar las carreteras son pésimamente pagados, sin seguridad social y altamente peligrosos para la salud. Y al igual que en la educación, hasta hace unos pocos meses la persona encargada de dicha cartera, Molinar Horcasitas, se comportaba como un emisario de los empresarios del ramo y menos como un representante del gobierno: durante su periodo “regaló” una concesión a una alianza de empresarios de las telecomunicaciones que ya son dominantes en el mercado, vendiéndoselas a un precio irrisorio no obstante la existencia de ofertas mucho más grandes.

Lo preocupante de éstos dos ejemplos del desgobierno de la derecha, es que ambos ministros (secretarios) no son los clásicos políticos: ambos fueron en su momento intelectuales respetados, profesores universitarios con prestigio y con estudios en las mejores universidades estadounidenses. Pero su soberbia intelectual sólo los ha mostrado como funcionarios fácilmente manipulables.

El desgobierno de la derecha es resultado no de la acción, sino de la inacción, de la falta de buenas políticas y no de la puesta en marcha de malos proyecto. Lo peor que le está pasando a México es que quienes los gobiernan en la actualidad no tienen ideas ni proyectos.[iii]

La izquierda inexistente

La oposición natural a los partidos de derecha en casi cualquier democracia que se precie de serlo es una izquierda que se proponga ser de gobierno. La lógica es muy simple: la oposición debe proponerse como alternativa de gobierno y tratar de lograrlo por los medios democráticos a su alcance. El problema en México es que la izquierda, o lo que existe de ella, no tiene la vocación de gobernar. Le es difícil asumir ese rol. Incluso los gobiernos estatales y municipales emanados del principal partido de izquierda (PRD) se presentan eternamente como “oposición” aunque sean en realidad “gobierno” . Esta postura les es cómoda en el discurso, pero es dañina para la sociedad porque son gobiernos que no desean ser responsables e incluso “detestan” serlo. Cada acción dirigida a evaluarlos la toman como una ataque y no como un acto de cualquier democracia de calidad.

Pero los problemas de la izquierda en México para ser una eficiente oposición y por lo tanto asumirse como alternativa de gobierno son: a) es una izquierda altamente fragmentada, b) sólo tiene influencia en algunas regiones del país y no se preocupa por tener un alcance nacional y; c) está supeditada a liderazgos personalistas y mesiánicos, no a proyectos ni ideas claras.

Existen tres partidos que se asumen de izquierda: el Partido del Trabajo (PT) creado por Carlos Salinas de Gortari, penúltimo presidente emanado del PRI, en los años noventa para reducirles votos precisamente a la izquierda encabezada en ese entonces por Cuauhtémoc Cárdenas. El PT hoy es un partido que apoya incondicionalmente al candidato perdedor de la elección del 2006, Andrés Manuel López Obrador (AMLO); Convergencia, también fundado por ex-priístas e incondicionales también a AMLO; y el más representativo y el cual es en realidad el único que puede decirse que es realmente de izquierda, el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que desde su fundación a finales de los años ochenta, asumió como parte de su organización interna la existencia de “corrientes”, es decir, grupos que representan diversas posturas y que se tratan de repartirse las posiciones al interior del partido. Ello le ha afectado su capacidad de competencia frente a los otros dos partidos, primero el PRI y ahora el PAN.

Mientras el PT y Convergencia están muy lejos de ser partidos nacionales, el PRD apenas alcanza niveles de votación aceptables en la mitad del territorio nacional, pero todavía muy por abajo del PRI y del PAN. Si bien su influencia es muy clara en algunos estados del sur y el centro del país, en específico en el Distrito Federal, lo que le permite tener una plataforma de resonancia nacional que sin embargo poco le ayuda en obtener mayores niveles de votación. Si se tratara de explicar en pocas palabras porqué no lo logra, se podría decir que sólo “predican entre los conversos”.

Por otro lado, desde que se fundó el PRD, ha padecido una fuerte tendencia al mesianismo. Primero con su fundador, Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del presidente Lázaro Cárdenas, uno de los populistas clásicos en la historia de América Latina junto a Perón de Argentina y Vargas de Brasil. Cárdenas hijo encabezó una de las mayores escisiones al interior del PRI en 1987, lo cual marca el inicio del declive de ese partido. Pero su éxito relativo no lo supieron capitalizar, y Cárdenas se presentó como dos veces más como candidato a la presidencia insistentemente sin cambiar discurso, sin escuchar a sus críticos dentro del partido y dividiéndolo. Hoy ese mismo rol mesiánico lo desempeña Andrés Manuel López Obrador. Tiene muchos seguidores que no aprendieron de la historia reciente de la izquierda con Cárdenas: hipotecar su futuro centrándose en el capital de un solo individuo únicamente los lleva al precipicio de la derrota electoral.

La alianza de la televisión y el ex-partido dominante

Estas condiciones, un partido de derecha que se ha mostrado pésimo para gobernar y una izquierda sin vocación para ganar elecciones le han permitido otrora partido dominante por excelencia del Siglo XX, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ampliar sus posibilidades de retornar a la presidencia. Estaría de más abundar aquí sobre que representa éste partido –existe mucha información y análisis al respecto-. Pero se debe señalar que su posible retorno al poder ejecutivo nacional lo están planeando sus miembros con el apoyo abierto de las dos grandes cadenas de televisión privadas: Televisa y Televisión Azteca. Ambas están posicionando a un posible candidato para el 2012 desde ahora: Enrique Peña Nieto, gobernador del Estado de México, uno de los estados más grandes del país.

No obstante que es el estado con mayor índice de delincuencia, robo de autos, y más grave aún, con la tasa  más alta de homicidios en contra de las mujeres, las televisoras se han empeñado en ocultar dicha información. Se centran en publicitar sus recorridos alrededor del país y del mundo con una parcialidad que no deja dudas. Es decir, no es un político que por sus virtudes esté siendo posicionado por grupos de poder. Al contrario, son éstos últimos quienes han elegido al político más manipulable y mejor presentable ante las cámaras para defender sus intereses.

Una intelectualidad sin ideas y una opinión pública cómoda

Quizá lo peor de la situación en México es que la masa crítica, los intelectuales y los opinólogos que acaparan los espacios de discusión tanto en los medios electrónicos como impresos, están cómodos con estas condiciones. Cambiar las cosas les quitaría gran parte de los temas que los han catapultado como stars de la opinología mexicana. Por lo general los sujetos que acaparan la opinión pública son “periodistas” que nunca han cubierto una noticia, sólo las leen frente a las cámaras; “politólogos” que nunca han abierto un manual de la disciplina; “economistas” que despotrican contra el libre mercado sin conocer su dinámica, etc., etc.

Una opinología chilango-centrista[iv], endógena y con poca o nula autocrítica. Los opinólogos y supuestos expertos bien pueden opinar de futbol como de elecciones, de justicia y de gestión pública. Si bien algunos pueden decir que ese es su rol, lo negativo de dicha situación es que sus opiniones se tomen como verdades absolutas de toda la intelectualidad mexicana, cuando en realidad sólo representan a un sector. Más aún, unos “opinan” por consigna: los hay de derecha y de izquierda. Mientras que un sector de los políticos actúa para congraciarse con ésta opinología, haciendo o dejando de hacer, bajo la supuesta mirada crítica de una opinión pública carente de ideas y calidad moral para juzgar.

Para la opinología mexicana no existe otra política que aquella que se desarrolla en el propio país. Muy pocos se asoman fuera de la realidad nacional. No obstante muchos opinólogos se ufanen de sus títulos en el extranjero, siguen siendo provincianos de la opinión. La intelectualidad mexicana sigue viviendo  de emitir muchas ocurrencias y pocas ideas. Crean textos para leerse entre sí, no crean ideas para difundir sino para confundir. Por eso la gran mayoría de la sociedad los ve ajenos a su realidad y ello explicaría el porqué de la tendencia a seguir a líderes mesiánicos.

En el contexto de los procesos de consolidación de la democracia en América Latina, México no parece estar en el camino correcto. Las características del actual sistema político permitirían catalogarlo como un sistema híbrido. Lo único que funciona es el sistema electoral, y aún así, una parte de la población no confía en éste.[v] Al ser la única parte democrática del sistema político, México es un país plagado de especialistas en asuntos electorales. Pero el resto del sistema no es democrático. El sistema legal funciona para quien tiene dinero, no para impartir justicia; el sistema económico genera riqueza para unos pocos, perpetúa las desigualdades sociales y en los últimos años ni siquiera genera empleos mal pagados, por lo que está funcionando como un subsistema excluyente.

La democracia en México puede estar en boca de todos, pero es como emular a Pangloss el filósofo, personaje de Voltaire, el cual argumentaba estar en el mejor de los mundos aún mientras lo colgaban, disecaban y molían a golpes: “Está demostrado, decía, que las cosas no pueden ser otro modo porque, estando hecho todo para un fin, todo está hecho necesariamente para el mejor fin”.


[i] En el ámbito cinematográfico se ha presentado un crudo documental “Presunto culpable” (2010) que muestra las deficiencias del sistema judicial mexicano, dónde para todo involucrado en un caso de posible delito, impera la máxima de ‘culpable hasta que se demuestre lo contrario’.

[ii] Estos partidos son, por ejemplo: el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), que nada tiene que ver con el movimiento ecologista, un partido dirigido como una empresa familiar. Su actual líder, un junior de clase media-alta, heredó la dirigencia del partido directamente de su padre; el Partido Nueva Alianza (PANAL), el cual fue fundado por la dirigente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (STNE) agrupando profesores de los niveles elemental y medio escolar con dos objetivos claros: por un lado influir directamente en el parlamento convirtiéndose en partido bisagra y por otro, en la arena electoral local y nacional, venderse como aliado electoral a cualquier otro partido (PRI o PAN) que asegure la impunidad de las corruptas actividades del sindicato; y el Partido Convergencia que lo mismo integra sectores progresistas que pequeños grupos empresariales de derecha moderada a nivel regional, lo que hace un partido heterogéneo sin una clara identificación social, pues lo mismo defiende los derechos de las mujeres o se alía en movimientos mesiánicos sin futuro.

[iii] Siendo justos, la política pública que ha tenido éxito del actual gobierno y que sería insensato no reconocer es el Seguro Popular (seguro universal). Fuera de ésta política, es difícil encontrar alguna otra que tenga el mismo éxito y sobre todo impacto real sobre la calidad de vida de los mexicanos.

[iv] “Chilango” es el gentilicio para referirse a los nacidos u habitantes de la Ciudad de México. Tiene una carga negativa y despectiva.

[v] No obstante que bajo el actual  sistema electoral mexicano es prácticamente imposible hacer fraude, un amplio sector de la población creyó que se manipuló el sistema para permitir ganar al Partido Acción Nacional la presidencia.

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