Las próximas elecciones presidenciales en Argentina brindan una buena oportunidad para abordar uno de los temas centrales de la politología: el lugar y el papel del carisma en los estilos de construcción política.

El kirchnerismo en tanto fuerza política se ubicó políticamente en un espacio de oposición a las políticas neo-conservadoras que se aplicaron vertiginosamente durante la década del noventa. Asimismo, el entonces presidente Néstor Kirchner, que asumió el poder el 25 de mayo de 2003, en el lapso de treinta días había señalado una serie de “enemigos del pueblo argentino”, tales como el Fondo Monetario Internacional, “la mayoría automática” de la Corte Suprema de Justicia, las empresas públicas privatizadas, etc. Esta división dicotómica del espacio político opera como uno de los principales rasgos identitarios de esta fuerza. Sin embargo, esto no fue lo que permitió restituir la autoridad política de la figura presidencial, sino, más bien, el contenido de sus políticas públicas.

Efectivamente, la re-negociación de la deuda externa, el crecimiento económico, la renovación de los jueces de la Corte Suprema, la política de Derechos Humanos, la caída en los índices del desempleo y sub-empleo figuran entre los mejores resultados del gobierno de Néstor Kirchner.

La coyuntura electoral del año 2005 catapultó al kirchnerismo a la escena política como una fuerza política de nivel nacional y, a su vez, como la principal al interior del peronismo. Nuevamente, las elecciones presidenciales de 2007 mostraron un nuevo crecimiento, llevando a Cristina Fernández a la presidencia de la nación. Supuestamente, la presidenta recién electa dedicaría sus esfuerzos políticos a mejorar la calidad del entramado institucional del país. Sin embargo, un duro conflicto con las organizaciones del campo re-activó uno de los principios identitarios del kirchnerismo, la determinación de enemigos en un espacio social que no admitía grises. Así, un error “técnico” se transformó en un problema político del que nunca se pudo volver. Esto tuvo un costo, las elecciones legislativas de 2009 fueron adversas al gobierno nacional y para el kirchnerismo. Sin embargo, el poder de la decisión fue más importante que lo dispuesta en las urnas por la soberanía popular. Así, las reuniones con la oposición política para motivar el diálogo se revelaron una verdadera fachada al tiempo que el Poder Ejecutivo nacional envió proyectos de ley – prórroga bianual de emergencia económica – que le permitían disponer de dinero de forma discrecional.

Cabe destacar que este estilo político, basado en la división dicotómica del espacio social, tiende a arrasar las identidades políticas que adherirse o acoplarse al mismo. En efecto, cuando estas identidades suman su apoyo públicamente terminan en acciones políticas grotescas o en verdaderas sobre-actuaciones. Un claro ejemplo fue la trompada del dirigente piquetero Luis D´Elía a un ciudadano que se expresaba públicamente a favor de las entidades del campo. Otra más reciente fue la de un conjunto de intelectuales que mediante una carta solicitó que Mario Vargas Llosa no inaugure la Feria del Libro.

En el plano de la teoría, no resulta nada nuevo que los liderazgos construyan enemigos. Sin embargo, hay que observar que este tipo de democracia, llevada al extremo, derivó en Europa en experiencias políticas totalitarias. Por otra parte, en el plano empírico también sabemos que este estilo político en la Argentina democrática tiene un antecedente político inmediato, la construcción política del menemismo. Claro está que a este estilo político el kirchnerismo le ha adjudicado contenidos y un sentido específico, siendo su rasgo distintivo el de constituirse en la única fuerza nacional que en el plano simbólico ofrece una posibilidad de transformación social. En el marco de la contienda electoral de 2011 la creencia puesta en la transformación social aparece vinculada, de acuerdo al discurso de campaña presidencial, en la necesidad de “profundizar el modelo”.

En rigor, entendemos que la posibilidad de ofrecer esta creencia no implica necesariamente que los adversarios políticos sean colocados en el lugar de la enemistad así como tampoco parece ser bueno para la democracia que una fuerza política se arrogue para si el monopolio de, por ejemplo, los derechos humanos, considerando a los que no comparten su política inhumanos. No es necesario aclarar que de esto no se trata la política. Efectivamente, creemos que es imprescindible diferenciar sobre la dimensión autoritaria de la política de la del conflicto que anida en la misma. Plantear la limitación de las tendencias autoritarias en política no nos hace liberales, más bien, nos convoca a pensar el modo en que el antagonismo tiene cabida en la democracia, con el objeto de mpliar los horizontes de la democracia es una legítima preocupación y, al mismo tiempo, una deuda.

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