Las sociedades procesan sus conflictos y manifiestan sus enconos de diversa manera, incluso de formas tan dispares como culturalmente América latina o la península ibérica moldean sus formas de vida. Sin embargo, frente a la desesperación del fin del sustento material que ofrece el trabajo, en situaciones extremas de desamparo laboral, la naturaleza humana suele responder a contrapelo de los gobiernos, de forma irreverente a las instituciones estatales, e incluso a  las organizaciones sindicales.

Por ejemplo, luego de innumerables años de sumisión, de aplacar los más recónditos espacios de libertad y voluntad emancipadora, la sociedad boliviana a fines del viejo siglo XX dio un portazo a su propia historia; la combinación de un modelo económico inviable, la apatía gubernamental y el desmoronamiento de una estructura social otrora en ascenso, llevaron a que la heterogénea sociedad argentina colapsara en el 2001; de forma lenta y sin perder las huellas de sus pisadas, poblaciones pobres que habitan en el Nordeste brasileño, gobernados sempiternamente por sectores conservadores terminaron encumbrando el ascenso de un antiguo pernambucano y tornero a presidente en el año 2002; inclusive, estudiantes acostumbrados al libre cambio, al neoliberalismo más perfectamente implantado, se alzaron en la “rebelión de los pingüinos”  a poco de iniciado el gobierno de Michelle Bachelet en Chile.

Todos estos son ejemplos de un descontento procesado con los pies en la calle, que no se aplaca y se procesa racionalmente, puesto que la racionalidad de esos contextos de sumisión, indignidad, pobreza material y simbólica se había perdido hace algunos años. Ahora bien, el actual contexto de crisis mundial en los principales países noroccidentales, da cuenta de un doble desafío a la clase dirigente en la península ibérica: en primer lugar, perder la  ingenuidad estratégica de pensar que la fiera neoliberal que encarna el mercado financiero mundial no habría de morder a su propio amo; y en segundo lugar,  que para anticiparse a su propia tragedia, es necesario observarse en el espejo latinoamericano.

En este sentido, la clase dirigente española no ha logrado advertir que la historia varias veces se repite, y que mucho de su situación actual y derrotero de salida, fue el que América Latina vivió en las décadas pasadas, en las que los augurios del FMI, de un neoliberalismo impreso hasta en las prácticas cotidianas, llevaron hasta el zenit de sus posibilidades la liberalización del mundo del trabajo, la desestructuración de los derechos y anhelos de los trabajadores, el debilitamiento de la capacidad de lucha de las organizaciones sindicales, y por ende, el inicio de una sociedad atomizada, aplacada y sin capacidad de reacción inmediata frente a las tempestades, salvo en el momento en el que el desamparo dio lugar a la rabia.

Al igual que los gobiernos, por ejemplo del PJ en Argentina, del PRI en México, o Acción Democrática en Venezuela durante la década de 1990, en España, el PSOE -otrora partido cercano al mundo del trabajo y sindical- buscó salir a fines del 2010 de una situación de desempleo galopante (que se sostiene en el orden del 20% en los últimos tres años) arremetiendo justamente contra los trabajadores, llevando adelante una reforma laboral que facilitaba y abarataba el despido de los trabajadores, reducía el salario de los empleados públicos y congelaba las pensiones, es decir, flexibilizando por ende (aun más) el (poco) trabajo español.

Ahora bien, frente a este embate consumado durante el gobierno de Zapatero el año pasado, que contó con el aplauso de la dirigencia del Partido Popular (que vio cumplido su ideario, sin tener que pagar el costo de los vidrios rotos), es necesario advertir que la tragedia repetida se tornó allí en comedia, puesto que la reacción de los principales órganos encargados de la defensa de los trabajadores, como son los sindicatos, fue claramente una farsa. Cuesta entender que tras un diálogo infructuoso entre el gobierno y los sindicatos en el mes de junio de 2010 sobre esta reforma laboral, la reacción de organizaciones sindicales, como UGT e incluso de sectores (autodenominados) combativos como CC.OO, haya sido la de azuzar con una huelga general para tres meses después (29 de septiembre de 2010).

Resulta efectivamente una comedia creer que la “amenaza de huelga general” podría haber sido más efectiva que la huelga misma convocada in situ, y esto quedó demostrado el día 9 de septiembre de 2010, cuando la reforma fue aprobada en la legislatura y la huelga quedó desfasada y con una carga meramente simbólica. Que la “amenaza de una huelga” se materializara cuando la reforma ya estaba consumada nos habla de la parsimonia desarrollada por las organizaciones sindicales en contextos como el español luego de tantos años de “buena vida” liberal, donde ni siquiera el peor de los contextos críticos les permitió tomar en cuenta que ya se encontraban al desamparo.

En definitiva, para la cúpula sindical española resulta cierto aquello de que “perro que ladra no muerde”, como para la clase política española es valedero aquello de que “ladran Sancho, señal que cabalgamos” (en este caso hacia un callejón sin salida). Sin embargo, para los cuatro millones de desocupados queda en claro que la rabia no se acaba aunque el perro este muerto o la economía comience a cabalgar, porque la mordida ya ha sido letal. Solo resta saber si, como señalara Walter Benjamin, España será capaz no sólo de soñar su época siguiente, sino también de “soñadoramente apremiar su despertar” y poner una vez más los pies en la tierra.

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