El neoliberalismo ha hecho estragos en Argentina durante la década del 90, y ha sido catastrófico por muchas razones. No solo ha desmantelado una matriz productiva y social articulada en base al trabajo y a la solidaridad. Como señalara el politólogo francés Rosanvallon respecto al Estado de bienestar, una solidaridad involuntaria, pero solidaridad al fin, es decir, una matriz social articulada en función de la interrelación entre los diferentes sectores que conformaban la sociedad.

El término “neoliberalismo”, según los sectores hegemónicos, terminó siendo un cliché de la izquierda vetusta que no ha tenido la inteligencia de adaptarse a los cambios. Sin embargo, más allá de lo obtuso de esa sentencia, el neoliberalismo expresa ni más ni menos lo que hemos llegado a ser y todo lo que hemos dejado de ser. Porque, como acabamos de expresar, señala no sólo una manera particular de organizar la vida económica, sino también una manera de ser, de comportarnos, de pensarnos individual y colectivamente, de pensar las relaciones sociales.

En este sentido, podríamos expresar que el éxito del neoliberalismo no solo se encuentra en la transformación brutal de las relaciones económicas, la desregulación económica y la centralidad atribuida al mercado como dador de los bienes y servicios necesarios, sino en la transformación cultural, política e ideológica que se manifiesta en el ascenso del individuo como nuevo centro de la vida social y en la ruptura de todos sus antiguos lazos a los colectivos con los que antes se vinculaba. El ascenso del individuo, celebrado por muchos, provee de libertad para algunos (mayormente libertad de mercado), pero esa libertad que gozan algunos tiene como correlato necesario la incertidumbre que sufren otros muchos, aquellos que lanzados al océano del goce de libertad consumista sólo pueden desear los múltiples colores que las góndolas de las grandes cadenas les ofrecen, pero jamás podrían satisfacer esos deseos. Ellos son los que engrosan las filas de pobres que no les queda otra alternativa que consumir los degradados servicios de un Estado no social hecho a medida de ellos, servicios y bienes para pobres como el propio Banco Mundial sin eufemismos los nombra.

Al mismo tiempo, estas transformaciones parieron nuevos sujetos, de aquellos que hace unas décadas se consideraban de izquierda y pugnaban por la transformación estructural de la sociedad, hoy se autodenominan “progresistas” y sólo piensan en la humanización del capital. También la “clase social” fue bastardeada como una categoría en desuso y emergieron conceptos de “base empírica” como sectores sociales, pobres, nuevos pobres que nada dicen sobre las condiciones estructurales o el lugar que ocupan en el modo social de acumulación y dicen mucho sobre las carencias que los definen como tales o, en su defecto, de sus supuestas capacidades que debe potenciar el Estado para que su situación de miseria se haga más amable.

La política también se embebió de la lógica neoliberal y el arrastre que sufrieron las instituciones políticas arrastró extrañamente consigo la lógica misma de la política, el conflicto, la lucha por la definición del orden. Porque la discusión forma parte de la política y por que el conflicto es el corazón mismo de la política. Como consecuencia, cuando denuncian como escandalosa la irritación que supuestamente crea el gobierno nacional, cuando nos señalan con tono cínicamente conciliatorio que “entre los argentinos no debemos pelearnos”, se nos está diciendo solapadamente que las causas de las desigualdades no pretenden ser combatidas y transformadas, que los grandes poderes siguen gobernando y dominando. Porque el conflicto no se genera de pura gana, sino cuando se reconoce, al menos con cierta timidez, algunas monstruosas desigualdades y se pretende corregirlas en parte, lo que significa recortar ciertos privilegios de los sectores poderosos. En este sentido, aquellos que denuncian la “crispación” de estos tiempos políticos, no hacen otra cosa que ser los voceros de los grandes poderes que están sintiendo cierto peligro sobre alguna mínima base de sus poderes y privilegios, poniendo en movimiento todo sus aparatos ideológicos con el fin de intentar vincular estas expresiones con los autoritarismos europeos de la primera mitad del siglo XX. Otra demostración de lo obtuso, o peor aún, del cinismo que los mueve.

La candidatura del comediante Miguel Torres del Sel a la gobernación de la provincia de Santa Fe bajo el ala del partido de Mauricio Macri, da muestras descarnadas de aquel perfil neoliberal que marcó a fuego la escena pública de los 90. Para no ser injustos, varios referentes políticos a nivel nacional y provincial aún promulgan con el ideario neoliberal y están dispuestos a reconfigurar el entramado de poder que lo hizo posible. Pero la candidatura del PRO en provincia de Santa Fe y los primeros dichos de su candidato, reflejan algunos principios inconfundibles en la manera en que piensan lo social y lo político.

Las primeras definiciones del Pequeño del Sel Ilustrado se hicieron presentes abrumadoramente en las primeras intervenciones del cómico. Las agruparemos de esta manera:

1. Reemplazar la política por la administración, es decir, reemplazar la discusión sobre el tipo de orden deseado, por la gestión de las miserias de las mayorías. En “A dos voces”, el programa que conduce Marcelo Bonelli en TN, del Sel expresó el deseo que los pobres vivan mejor, que aún si continúan siendo pobres, bueno, pero que al menos vivan dignamente. Además, más conocida fue su expresión sobre los “negritos”: “Quiero que los negritos se bañen con agua caliente y dejen de manguear […] la gente de la villa tiene que tener luz y cloacas”. Si bien puede entrar perfectamente como expresión discriminatoria (no es la primera vez que es denunciado ante el INADI, la primera por burlarse en Chubut de apellidos Mapuche), en realidad me interesa señalar que el tipo de intervención planteada aquí es la de gestionar para estas poblaciones específicas (negritos y villeros), que tienen sus propias características, gestionar bienes y servicios que no son lo mejor, “pero al menos es algo”. Este es un principio vector del neoliberalismo, establecer una distinción entre los pobres y no pobres, los que acceden a bienes por medio del Estado y los que acceden por medio del mercado, los que reciben sin opción y sin derecho a reclamo y los que eligen y tienen derecho al mismo. Es una fractura que funda una doble ciudadanía o, en su defecto, establece una ciudadanía devaluada y de segunda categoría. Es la fractura social por excelencia, los que supuestamente dan sin recibir nada y los que reciben sin dar nada, esta fractura es una herida que rompe con toda la lógica de solidaridad y con todo el valor acumulado en la experiencia social de esta manera de pensar y hacer la sociedad.

2. Olvidar toda definición política y enunciar pretensiones de carácter ético y, por ende, absolutamente vacuas. El Pequeño del Sel Ilustrado señaló: “Desde otro lugar (la política) también se puede hacer feliz a la gente” y para rematarla, lo poco que pudo decir sobre Binner es que “fue un gobernador correcto, pero le ha faltado sacarle una sonrisa al santafesino”. Esto deja de ser política y pasa a ser ética, una especie de relación cariñosa, afectiva frente a los que sufren, indistintamente, “la gente”, “el santafecino”. Expresa la manera que piensan la política, porque entienden que las causas le son ajenas, son lejanas o son incomprensibles, que nada tienen que ver con la manera en que está configurado el orden social en función de las relaciones de poder que subsisten y que, por lo tanto, se debe oficiar más bien de padre, dar cariño, afecto, desprender una sonrisa, dar felicidad. Hacer feliz y sacarle una sonrisa al santafecino nada tienen que ver con hacer un orden más justo y sacarle a los que más tienen (grandes empresas, productores agropecuarios, pools de siembra, etc.) gran parte de su rentabilidad para financiar políticas económicas, no políticas sociales. La manera en que del Sel quiere hacer feliz al santafecino es colocando calefones en las villas, jamás se le ocurrirá un esquema redistributivo de la riqueza que genera la provincia. En parte y solo en parte, porque establece una relación inmediata con el problema. Al ser preguntado sobre el eje de su gestión el cómico respondió “…sobretodo, es una cuestión de sentido común”. Pero no señor, no es una cuestión de sentido común, precisamente la política debe tratar de romper el sentido común. El sentido común es un sentido parcial, inmediato, limitado, solo reconoce lo que observa por delante pero no logra reconocer los engranajes que configuran la complejidad del orden social. En ese caso, la política es entendida como la mera administración que supone gestionar los recursos degradados para los pobres y garantizar las condiciones de mayor acumulación para las clases dominantes. El sentido común indica que hay que dar calefones, pero nunca diría que hay que redistribuir sustancialmente la riqueza.

Así todo, para desconfiar de la aparente ingenuidad de este sencillo hombre de barrio, habría que indagar en las personas que lo rodean. El presidente comunal de Chabás y activo protagonista del lock out de las patronales del campo durante el conflicto de la 125, Osvaldo Salomón, lo acompaña como vicegobernador, quien aseguró esperar que este sea “el primer paso para una unidad de acción entre el macrismo y el duhaldismo a nivel nacional”. También señaló que “…estamos formando un frente entre Justicialistas, distintos dirigentes que tienen que ver con el Peronismo Federal, fuerzas como la Democracia Cristiana, representantes que tienen que ver con el radicalismo, y el PRO, en una situación muy similar al 28 de junio del año 2009, cuando De Narváez, Solá y Jorge Macri derrotaron en las urnas a Néstor Kirchner…”. Sus primeros candidatos a diputados son Norberto Nicotra, el referente político del duhaldismo en la provincia y representante del Movimiento Productivo del mismo, y María Alejandra Vucasovich, quien desempeñara durante el gobierno de Víctor Reviglio el cargo de directora de Cooperativas, y ahora vocera de Reutemann. En la actualidad, ambos ya son diputados. En este sentido, la sencillez del hombre del interior, de barrio que persigue nada más que la felicidad de “la gente”, contrasta con aquellos que lo acompañan, quienes tienen una larga trayectoria política y que se encuentran en una explícita lucha por el poder. De cualquier manera, ese contraste no debe engañar, todos se presentan como fieles reflejos de las maneras de hacer y decir del neoliberalismo más vetusto.

En el programa de TN que mencionamos, junto a los otros dos mosqueteros, del Sel no se cansó de expresar que nada tiene que ocultar, que será pura franqueza y que no le mentirá a la gente. Pues, justamente, lo que más nos preocupa es esto, no su cinismo sino su sinceridad, no sus silencios sino lo enunciado. No lo votaremos, no porque no le creamos, sino porque le creemos demasiado. En síntesis, para dejar las cosas en claro, el Midachi tiene todo el derecho de presentarse como cualquier ciudadano y le sobran las condiciones económicas para hacerlo, no como cualquier ciudadano, pero aún reconociendo esta posibilidad jurídica, no nos obsta para expresar el fuerte y hediondo olor a rancio que emana de todo esto.

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