“Viven muy felices, los que repiten la lección como aprendices; los que no buscan más allá de sus narices…” (Silvio Rodríguez)

Buenos Aires. – Recuerdo una conversación que una vez tuve con un compatriota, allá por los albores del presente siglo, sobre la situación económica de nuestro país.  Él recién volvía de sus vacaciones en El Salvador y lo que me dijo fue más o menos esto: “mirá, ahora El Salvador es diferente, hay de todo, hay mejores shopping centers que en los países ricos, podés comprarte cualquier clase de carro, ahora sí hay desarrollo.”  El análisis del compatriota plasmaba la filosofía del desarrollo que nos había vendido la nueva oligarquía salvadoreña: el consumo, no la producción, nos llevaría al éxito económico sostenido.

Ahora vemos cómo esta filosofía es la receta del desastre.  La reciente publicación del Informe de Desarrollo Humano El Salvador 2010 por parte del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) da una sentencia terrorífica: El Salvador es el tercer país más consumista del mundo (en cuanto a la relación consumo/Producto Interno Bruto PIB), solamente detrás de los azorados Liberia y Lesoto.  Esto significa que por cada US$100 que se producen en el país se consumen US$102,4.

El Informe agrega, “[El Salvador] invierte poco y ahorra aún menos: en 2008 y 2009, la inversión promedió el 14% del PIB y el ahorro el 9,3%…en contraste, los países de alto crecimiento económico presentan tasas de ahorro e inversión del 25% o más con relación al PIB”.

En pocas palabras, El Salvador es un país donde no se produce nada pero se consume todo; es un paraíso del consumismo desenfrenado donde se nos ha hecho creer que el tener la mayor cantidad posible de cosas materiales es una señal de bienestar y realización personal.  Pero este resultado no es una casualidad: la nueva oligarquía financiera e importadora, a través de las políticas neoliberales implementadas durante los cuatro gobiernos de ARENA, enfilaron al país en este camino de consumismo insostenible que al mismo tiempo despreciaba la producción.  La oligarquía lo pensó bien: el giro a una economía de servicios que se sustentara en las importaciones se identificó como el nuevo modelo para optimizar sus ganancias.  El alza en la tendencia consumista era parte fundamental para la viabilidad de este nuevo modelo.

Todo empezó con la destrucción del sistema productivo del país y el ataque a la agricultura.  La liberalización de los mercados de tierra y trabajo, la eliminación de los subsidios y el cierre del IRA, la indiferencia de los bancos privados ante el crédito agropecuario, el alza en los precios de los insumos, el giro hacia las exportaciones no tradicionales, la dolarización y finalmente el libre comercio, constituyeron una cadena de políticas neoliberales que destruyeron la producción primaria del país.

Pero el giro no llevó a la reactivación del sector secundario como estrategia alternativa para suplir la caída del sector productivo, sino que a las maquilas y a un crecimiento desmedido del sector terciario (servicios, comercio, centros comerciales, cadenas de comida chatarra, etc.).  Al mismo tiempo, cientos de miles de campesinos fueron expulsados del campo y terminaron emigrando a las ciudades y sobre todo a los Estado Unidos.  Este ejército de desposeídos terminaría constituyendo las filas de los “remeseros,” un eslabón fundamental del modelo consumista.

Este giro también fue estimulado por la coyuntura financiera de la posguerra: el flujo de dólares que trajeron la ayuda multilateral para la reconstrucción y los préstamos de los instituciones financieras internacionales, además de la creciente entrada de remesas familiares, facilitaron una racha de abundancia de dólares que facilitó el consumo y la consolidación del nuevo modelo de acumulación basado en las finanzas, los servicios y las importaciones.

La dolarización y el libre comercio vinieron a consolidar aún más el modelo consumista.  Tomando en cuenta que la remesas siguieron creciendo durante los años 90, y por ende el nivel de consumo creció de igual forma, la oligarquía tomó la decisión de dolarizar para eliminar el obstáculo del colón y matar dos pájaros de un solo tiro: al no existir el colón se eliminaba la posibilidad de su devaluación, y esto favorecía a los banqueros que tenía deudas en dólares en el exterior y a los importadores que pagaban también en dólares los productos que traían al país.   Mientras las remesas siguieran creciendo, el sistema dolarizado se mantendría a flote.

Con el libre comercio, sobre todo con el DR-CAFTA, los importadores lograban eliminar los últimos aranceles que quedaban y la entrada de productos extranjeros al país se tornó virtualmente ilimitada.  Para el 2008, el penúltimo año de ARENA en el poder, el déficit comercial que el país ostentaba era una cifra monstruosa: cinco mil doscientos millones de dólares.  El Salvador se había convertido en un país de servicios e importaciones, con una producción primaria y secundaria casi nulas, donde el baluarte económico central era consumir sin apelación para sostener de forma artificial un sistema que es fundamentalmente insostenible.

Este es el escenario abordado por el Informe del PNUD.  Que quede muy claro: esta situación no es una mala jugada del destino, o una confabulación externa contra el país, o una simple ineficiencia del gobierno; es el proyecto premeditado de la oligarquía nacional, que fue implementado al pie de la letra y que le ha dejado ganancias increíbles.  Es la espina dorsal de la consolidación de la nueva oligarquía nacional que sigue viviendo, como lo ha hecho históricamente, a costa de los de abajo (ahora también consumidores en diferentes escalas).

Pero vemos que la pobreza, según el Informe, sigue en 43 por ciento de la población.  ¿Cómo puede un país lleno de pobres consumir tanto?  La entrada de remesas es la primera respuesta.  La gran mayoría del dinero de la “solidaridad familiar” se utiliza para consumir, sobre todo en los productos más básicos (¿cuánto sería el nivel de pobreza si no entraran las remesas?), pero también deja margen para gastar en las cosas superfluas, la base fundamental del consumismo.

Aquí hay otro dato importante: el sistema consumista necesita que entren las remesas, pero para éstas vengan, los salvadoreños se tienen que ir porque el país no ofrece los trabajos que debería ofrecer una economía con este nivel de consumo.  La economía que expulsa a los compatriotas sobrevive gracias a los dólares que sus víctimas mandan a sus familias: he aquí la perversidad del sistema creado por ARENA y los nuevos oligarcas.

Se ha tergiversado el concepto del desarrollo.  Para los dueños del país, desarrollo significa que haya centros comerciales atiborrados de cualquier cantidad de productos redundantes como los hay en Estados Unidos, o distribuidoras de carros de la talla de Alfa Romeo y Jaguar como en Europa; si hay Burger King vamos subiendo peldaños, si te comprás el mejor teléfono celular sos una persona verdadera, te estás realizando como ser humano.

En nuestro país el desarrollo no significa la existencia de mecanismos mediante los cuales la persona humana se pueda realizar de forma integral, libre de influencias enajenantes y siguiendo el camino que él o ella se ha trazado en la vida.  El Salvador, como uno de los pioneros del consumo en el mundo, es la antítesis del desarrollo: el modelo que impera en el país reduce al ser humano a un simple robot consumista que no vale nada si no se encauza dentro de los patrones que el modelo mismo comanda.  Y el modelo nos manda a consumir de forma desenfrenada, al crédito y al contado, incluso con lo que no se tiene, porque, aparentemente, consumir es ser.  Los bajos niveles de ahorro y los altos índices de endeudamiento dan fe del estado de las cosas en el país.

Es imperativo quebrar este círculo corrompido del consumismo desmedido.  El primer paso es el de desactivar el modelo económico oligárquico que lo sustenta, y esto implica reactivar el sistema productivo del país de acuerdo a las necesidades y posibilidades concretas que tenemos.  No podemos seguir dejando que las decisiones las tomen un puñado de oligarcas cuyo único objetivo es aumentar sus ganancias sin importarles lo que se llevan a su paso.

Hay prerrequisitos infaltables: llevar a cabo una reforma agraria integral que lleve a la distribución sistemática de la tierra entre los productores (algo así como “la tierra es de quien la trabaja” en el siglo XXI), diseñar e implementar una verdadera reforma fiscal, reactivar al estado como un agente potenciador del desarrollo, negociar con multinacionales que no sólo piensen en sus bolsillos (que las hay), y hacer pactos con la banca para que se financie el sector primario y el ámbito manufacturero.  Se requiere voluntad política y valor para enfrentarse a los intereses establecidos, ojalá los que gobiernan algún día lleguen a asumir seriamente esas responsabilidades.

La suerte está echada: el modelo consumista implementado y consolidado por ARENA (y que aún permanece intacto bajo el gobierno del FMLN) es un rotundo fracaso, y si no se cambia de rumbo, la debacle total parece ser sólo cuestión de tiempo.  No nos podemos conformar con ser “el consumista salvadoreño” y estar en el podio mundial de tan burda categoría.  Para el visitante pudiera parecer que El Salvador está encarrilado al desarrollo por los centros comerciales y los McDonald’s que ostenta, pero esta es la cortina de humo de un modelo que se sostiene artificialmente y que no tiene futuro.  Tarde o temprano, la burbuja de reventará.

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