Recuperando algunos ejes discutidos anteriormente, corroboro con los planteamientos de Ceceña (2005, p. 85) al afirmar que “la negación de la subjetividad, la fragmentación social y la creación de la otredad son también elementos sustanciales de soporte de la dominación.”  No obstante, el recorrido de la lucha latinoamericana nos proporciona muestras del afloramiento de la resistencia y su búsqueda constante por nuevos horizontes de enfrentamiento de la supremacía político-económica. Además, la irrupción masiva que se expresa en el continente en los últimos 35 años redimensiona el plano teórico-conceptual de lo alternativo en su interrelación con lo hegemónico que traspasa las nuevas realidades emergentes educativas (APPeAL, 2007). Observemos los aportes de Puiggrós (2003) apud APPeAL (2007, p.1), acerca de la categoría ‘alternativo’ desde un abordaje político:

… una alternativa responde a una inquietud de búsqueda, a una inconformidad frente a una situación dada, de un anhelo por crear mejores condiciones de vida; una alternativa es algo más que una creación  para el plazo corto o mediano, más bien responde a la idea de proyecto de largo alcance, a la creación de propuestas con creatividad que se concentran a través de programas que apuntalan ciertas opciones de solución”.

Tomando por referente histórico-temporal el final del siglo XX y la primera década del actual siglo, concibo lo alternativo vinculado a la acción política de los movimientos sociales en el continente. En su protagonismo y labor política para la consolidación de estrategias que aspiran cambios profundos en la actual coyuntura política, reconoce a la Educación como uno de los principales instrumentos de ruptura con la lógica excluyente y deshumanizadora del capital. Muchos investigadores destacan tal potencialidad en la praxis política de los movimientos sociales: Zibechi (2008), al analizar los movimientos sociales como espacios educativos; Leher (2007), al proponer la Educación Popular como estrategia política de los movimientos sociales en la región. Además, comulgan con el legado de Paulo Freire donde la Educación posee una dimensión filosófica y política cuando asume un potencial libertador y es dotada de una función socio-política orientada a la construcción de la autonomía y emancipación humanas.

Para Freire, la educación constituye camino en el proceso de liberación de los pueblos. Desde este parámetro confiere un nuevo enfoque a la alfabetización como relectura de mundo y refuerza la dimensión política de la educación como praxis transformadora (Freire, 1975). Los aportes freirianos permiten una “ruptura epistemológica  con la representación del sujeto pedagógico que contiene el sistema educativo moderno” (Puiggrós, 2005, p. 17).

En este sentido, el educador brasileño creía en la necesidad de una transformación social profunda para que se abra camino a los cambios necesarios a la educación latinoamericana. El transcurso del cambio posee una matiz política, una vez que Freire “rescata la política como elemento más dinámico de la cultura”,  esta entendida como eje fundamental en el proceso de vinculación dialógica entre culturas (Puiggrós, 2005, p.25).

El carácter político conferido a la educación se vincula al entendimiento de la generación de una cultura política emancipatória construida entre los sujetos políticos partícipes en este proceso, en el caso, los movimientos populares, campesinos, indígenas, entre otros que ejercían la praxis de la Educación Popular como camino de resistencia y lucha rumbo a procesos de liberación. En este sentido, sustento mi argumento afirmando que, entre las acciones de resistencia propia de estos movimientos, la educación constituye un elemento valioso en la lucha por la emancipación política y cultural de los pueblos de América Latina.

Un mirar panorámico sobre el continente nos permite visualizar los indicios de un proyecto emancipador y que prima por el fortalecimiento del Poder Popular, vinculado a un papel político conferido a la educación, manifiestos en: las primeras campañas de alfabetización cubana en los años 50 del siglo XX; la experiencia de educación popular de Nicaragua, fruto de la Revolución Sandinista; la trayectoria del Sector de Educación del MST; la propuesta de creación de la Universidad del Sur; las experiencias de las Universidades Interculturales Indígenas en Ecuador, Bolivia, Colombia y México; la expresiva experiencia del Método Cubano de Alfabetización, “Sí, Yo Puedo!”; la creación de las Escuelas Rebeldes Autónomas Zapatistas; el Instituto Agroecológico Latinoamericano de Estudios Campesinos, Indígenas y Afrodescendientes – IALA, articulado por la Vía Campesina en Venezuela; las experiencias de la Misión Robinson y Sucre, igualmente en territorio venezolano; la creación de la Universidad de las Madres de la Plaza de Mayo; la experiencia pedagógica de los Círculos de Autoeducación Docente, en Perú, entre otras propuestas que se han consolidado y avanzado gradualmente, testigos vivos de que el “paradigma emancipador para América Latina” tiene un pie en la educación, camino de transformación cultural en el continente. Todas estas experiencias reflejan un momento muy especial en la lucha latinoamericana, donde el:

… cambio en ese panorama no es, evidentemente, un problema estrictamente pedagógico. Los términos del debate sólo pudieron ser modificados con la alteración de la correlación de fuerzas sociales. Delante de los desafíos de las luchas antineoliberales, los movimientos localizaron la formación política (la educación como hegemonía) en el andar superior de la agenda política, restableciendo, gradualmente, con avances y retrocesos, los nexos entre educación, capitalismo y clase. (Leher, 2007, p. 22)

El planteamiento de Leher resalta la problemática de la hegemonía presente en América Latina. Una reflexión política fundamental para pensar la profundización de la democracia en el continente es comprender que la dimensión de la hegemonía pertenece a una cuestión político-cultural, no restringiéndose a los espacios políticos institucionalizados, como el Estado.

En este sentido, la acción político-educativa de los movimientos sociales puede contribuir en la construcción de una nueva episteme (Leher, 2007) que rompa con la lógica de la política neoliberal, por medio de una “batalla de las ideas” (Anderson, 2003), donde se origine un conocimiento crítico, demarcador y recuperador de conceptos esenciales – a propósito de Poder Popular – que orienten la lucha política de estos movimientos sociales rumbo a una praxis libertaria y emancipatória.

Es fundamental demarcar en el campo teórico-conceptual la discusión alrededor de la categoría hegemonía, con el propósito de comprender los escenarios que articulan a los distintos proyectos políticos que se llevan a cabo en la región  y la dinámica de las fuerzas político-económicas y sociales actuantes en su interior.

El entendimiento de la hegemonía nos permite analizar, de forma más precisa, la dimensión de las fuerzas reales y de las fuerzas políticas conductoras de tales proyectos. Constituye un referente importante y un problema teórico relevante en los estudios sobre América Latina, principalmente al analizar el movimiento de actores políticos, como el Estado y los movimientos sociales, sobre todo en los términos de definición de políticas públicas1. En este sentido, es válido decir que la cultura y la ideología constituyen un tema fundamental en el análisis social latinoamericano, principalmente en su articulación con la política y en las relaciones establecidas entre Estado y sociedad civil.

El proceso de diferenciación social desencadenado en los años 90 conduce a una pluralización de los movimientos sociales y una descentralización de las subjetividades colectivas. Observamos en muchos países latinoamericanos la emergencia de movimientos sociales con una identidad más definida y una ampliación de los espacios de resistencia vinculados a nuevas categorías que van modificando el campo y la forma de acción de estos movimientos, así como la mirada analítica de los que investigan a estos actores políticos. La cultura adquiere centralidad en medio a estos procesos de lucha histórica, una vez que se comprende su vínculo con la creación de una nueva cultura política.

Resulta de esta afirmativa la importancia de considerar la relación entre cultura y política, comprendiendo como se articulan e implican mutuamente. Hay una dimensión política en lo cultural y éste, por su vez, igualmente influye en lo político. En este sentido, la asunción de la educación como instrumento de lucha tiene por objetivo generar una nueva cultura política (Álvaro; Dagnino: Escobar, 2000).

Considero, por lo tanto, que pensar la educación en el actual momento político es reconocer la necesidad de una mirada más detallada sobre los procesos de construcción de la democracia, de la ciudadanía y la garantía de derechos en el continente latinoamericano. Por lo tanto, de conocer los escenarios de las experiencias tejidas en el seno de una resistencia política por parte de los movimientos sociales en América Latina y el papel político asumido por la educación en la formación política de los sujetos  directamente vinculados a tal acción colectiva. Otorga  importancia a las múltiples formas de participación social construidas por la sociedad civil latinoamericana, enfatizando las experiencias específicas de los países que la componen y tomando por referente la necesidad de fortalecer el Poder Popular.

Por tal razón, todo lo discutido hasta el momento sugiere reflexionar desde el siguiente prisma: de la articulación existente entre la emergencia de una educación libertaria mediada por pedagogías alternativas como camino de activación del Poder Popular. Conforme se argumentó en el primer apartado, dos de los representantes de la ilustración latinoamericana –Rodríguez y Martí – defendían la construcción de un proyecto educativo como estrategia política, dónde la educación era concebida como general y popular. Para ambos, la educación era la precursora de un pueblo libre, una vez que propiciaba  la libertad del pensamiento y la capacidad de generar ideas.

Las verdaderas repúblicas se construirían bajo un igualitarimo político entre hombres y mujeres, hecho que sólo sería posible con la ampliación del derecho a la educación. Pero no una educación instructiva, sino que emancipartória. En las palabras de Rodríguez:

… ha llegado el tiempo de enseñar a las jentes á vivir, para que hagan bien lo que han de hacer mal, sin que se pueda remediar .Antes, se dejaban gobernar, porque creían que su única misión, en este mundo, era obedecer: ahora no lo creen, y no se les puede impedir que pretendan, ni (… lo que es peor …) que ayuden a pretender. (…) Los pueblos no pueden dejar de haber aprendido, ni dejar de sentir que son fuertes: poco falta para que se vulgarice, entre ellos, el principio motor de todas las acciones, que es el siguiente: la fuerza de la masa está en la MASA y la moral en el MOVIMIENTO. (Cúneo, 2007, p. 71)

Para que se alcance la plenitud del Poder Popular y el diálogo entre los pueblos del mundo en resistencia, es fundamental que la dialéctica política permitida por los procesos educativos permita: 1. Reconocer la existencia de subjetividades de carácter heterogéneo; 2. Recuperar la dimensión identitária de América Latina desde referentes ordenadores internos, pertenecientes a las especificidades de nuestra historia socio-cultural y política; 3. Deconstruir, construir y reconstruir categorías políticas en conformidad con los anhelos socialmente erigidos; 4. Primar por una educación, sea oficial o desde la perspectiva de lo alternativo, cuya perspectivas teóricas, epistemológicas y metodológicas reconozcan la validez de los tres enunciados anteriores.

Con respecto a los cuestionamientos señalados en el segundo apartado,2 considero que las propuestas de Educación Libertaria y las pedagogías alternativas propuestas ampliamente por movimientos populares y sociales latinoamericanos constituyen referencias en la lucha política hacia la consolidación de paradigmas emancipadores. Además, son instrumentos de ruptura con el carácter internalizador de “los principios reproductivos orientadores dominantes” de la sociedad del capital (Mészáros, 2005). Asimismo, la insubordinación de estos movimientos refleja el fortalecimiento de una identidad latinoamericana desde otros matices culturales y políticos, primando por concebir la participación desde la unidad de los pueblos y con base en el Poder Popular.

A modo de cierre

El presente ensayo tuvo por principal objetivo recuperar algunos elementos centrales del pensamiento pedagógico latinoamericano para pensar de qué forma se puede fortalecer el Poder Popular a partir de un proyecto político-educativo pautado en un entendimiento de la educación como libertaria y desde praxis pedagógicas alternativas.

Asimismo, hacer una relectura del legado de la historiografía de la educación latinoamericana, apuntando como hay un riesgo constante de conformación de perspectivas teóricas que van legitimando todo un campo simbólico que justifica la supremacía política, económica y cultural de un grupo social sobre otro en nuestro continente. Además, situar como hay una paulatina negación de la existencia de subjetividades distintas, obscureciendo las miradas analíticas y volviendo invisibles las conflictividades y las sublevaciones que se sucedieron (y todavía se suceden) en Latinoamérica.

Al discutir el tema de la educación y del Poder Popular, debemos buscar la articulación en torno de la praxis política propia de las experiencias que se dan en América Latina, nuevas prácticas de legitimación de un poder social del sector democrático-popular. Asumiendo matices heterogéneos, propios de la naturaleza de la lucha política en el interior de los varios movimientos incorporan una dimensión pedagógica como estrategia para la emancipación humana. Su acción política colectiva nace y se consolida en un escenario más amplio – el propio escenario latinoamericano – cuyos trayectos socio-culturales y político-económicos suscitan una dinámica social peculiar, marcada por múltiples facetas en el proceso de lucha, fortalecimiento y legitimación de una identidad propia por parte de los movimientos que se contraponen a la lógica excluyente y dominadora de Estados históricamente caracterizados por el autoritarismo y por la reproducción de relaciones político-económicas que profundizan la exclusión social.

Por lo dicho, se vuelve fundamental comprender cómo se construye la consolidación de un poder socio-político nacido desde los pueblos en resistencia, constructor de un ethos identitário que, incluso en su vínculo con la acción colectiva, presenta sus especificidades idiosincrásicas, valorando la soberanía e identidad cultural entre los pueblos.

La educación, en este proceso, puede funcionar como herramienta epistemológica radical, socializadora de los saberes en función del bien común (Damiani & Bolívar, 2007). En la retomada de la lucha política, la educación se torna punto neurálgico para el proceso de transformación profunda de la sociedad.

Así, hay que pensarla dialógica e históricamente, dado que la historicidad es movimiento, es acción y reacción, es construcción cotidiana, identifica y comprende profundamente las fuerzas generadoras de las contradicciones irrumpidas, en el sentido de tejer la crítica a ellas y proponer caminos de superación de los modelos vigentes de dominación, no solo en lo político-económico, sino sobre todo, ideológico.

Referencias Bibliográficas

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