Si en el nombre del orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien en alto el sagrado derecho a la insurrección… Los dolores que quedan son las libertades que faltan”.

Manifiesto de Córdoba sobre la Reforma Universitaria (1918)

Del capitalismo universitario al neoliberalismo académico

Desde finales del siglo XIX las tendencias de la mercantilización del trabajo inmaterial (intelectual), el conocimiento científico (natural, social y humano) y la educación en general fueron anticipadas por Marx y Engels en varios de sus escritos.

En los albores del siglo XX esta realidad quedó confirmada por el capitalismo universitario de Estado, término acuñado por el sociólogo alemán Max Weber para describir la manera en que las lógicas capitalistas, el lucro y la acumulación incesante del capital, impregnaban toda la organización universitaria.

Por la misma época, un economista usamericano, Thorstein Veblen, en una de sus obras: The Higher Learning. A memorandum on the conduct of Universities by Business, analizaba la experiencia en la educación superior de los Estados Unidos, pronosticando con asombrosa exactitud, los avatares en el desarrollo de un modelo universitario germinante y que resultaría tan novedoso como extravagante para el naciente siglo.

Se trataba de un esquema que corrompía – al decir de Veblen – los propósitos humanistas que venían siendo enarbolados en los siglos anteriores desde los claustros universitarios, escenario arquitectónico y por antonomasia del saber en la modernidad.

Veblen observaba que la evolución del modelo (us)americano – en ese momento apenas en gestación – y la progresiva injerencia del sector privado en los planes de la educación superior, consumaría la subordinación de la Universidad a los intereses de los grandes negocios empresariales. Con ello, se anticipaba el fin de las realidades modernas de la Universidad, el conocimiento científico y la esperanza de que el Gran Relato acerca del avance en los saberes y las técnicas emanciparan la humanidad. Era el camino de vuelta hacia la barbarie. De hecho, el subtítulo que inauguralmente Veblen había reservado para The higher learning era: “Un ensayo sobre la depravación total”.

Hacia finales del siglo pasado y en sintonía con el “profético” Veblen, el modelo usamericano se convirtió en el paradigma de la organización universitaria global. Esta plantilla impuesta por las mal-llamadas organizaciones multilaterales (en realidad, animan el unilateralismo de Washington) como el Banco Mundial, terminó servilmente adoptada por las clases dirigentes nacionales en varios países durante la avanzada de la hegemonía neoliberal.

Un estudio de otros dos usamericanos, Sheila Slaughter y Larry Leslie: Capitalismo académico. Política, políticas y la universidad empresarial corroboraba en 1997 las tempranas sospechas de Marx a Veblen. Los autores mostraban cómo – entre las décadas de los 70s y 90s -, la Universidad abandonaba definitivamente su carácter público y se convertía en una empresa sin ningún tipo de cortapisas: “dirigida hacia el mercado” (1). El diagnóstico, empero, quedaría incompleto y podía ser aún más desalentador.

Esta versión del capitalismo académico descontaba la década de los noventa, período en el cual la ofensiva sobre el sector patrocinada por el capitalismo salvaje y el neoliberalismo más ortodoxo, con el Consenso de Washington en mano, proyectaba un balance mucho más aberrante.

El nuevo milenio exigiría confirmar la existencia de un neoliberalismo académico, en vista de la exacerbación de los rasgos históricamente registrados en la mercantilización capitalista en la educación superior, patrocinados esta vez por el salvajismo que encarna el capitalismo de época (el neoliberalismo) en los fueros de la organización universitaria (2).

¿Nuevo Neoliberalismo Académico?

Ciertas voces hilarantes proponen para los tiempos presentes “el fin del neoliberalismo”. No obstante, las evidencias teóricas y empíricas más actuales confirman exactamente lo contrario: la persistencia del neoliberalismo aunque en una versión de “nuevo cuño” que se diferenciaría de la anterior ortodoxia instalada en las décadas de los 80s y 90s, solo en algunos aspectos superficiales.

Los principales “cambios” que se vienen produciendo a nivel mundial no implican la destitución de los principios filosóficos o el debilitamiento de las convicciones ideológicas y de las prácticas neoliberales en general.

Hoy sigue vigente el núcleo duro de la estrategia de acumulación dominante (paradigma de desarrollo basado en el mercado) sin modificaciones de fondo, aunque se hayan “actualizado” en coyunturas recientes el perfil de algunas políticas, las formas de actuación institucional  (la publicitada “mayor” presencia estatal) o el discurso, lenguaje y categorías que habitualmente fueron utilizadas por la hegemonía (e.g. la jerga emergente se alimenta de nociones neoliberales como: el emprendedor/ismo; la esfera pública-no-estatal; las asociaciones público-privadas, etc.).

El neoliberalismo viene adaptándose selectivamente en diferentes contextos. Sobre todo, haciendo eco de los complejos desafíos que le plantea esta época, signada por crecientes resistencias sociales anti-neoliberales (iniciadas tempranamente en América Latina y continuadas a lo largo de esta década en el Norte de África, el Medio Oriente y la periferia europea) que se profundizan conforme avanza la cabalgante crisis del sistema. Se despliega pues un “replanteamiento” táctico de los programas convencionales de las políticas neoliberales ya que – como todo el mundo lo sabe, y así lo reconocen los partidarios del neoliberalismo, incluso los más tozudos -, muestran demasiados límites y se encuentran agotados para efectivizar la explotación económica y la dominación política, social y cultural para los cuales han sido diseñados.

Presenciamos entonces la reformulación del programa neoliberal (de políticas económicas, especialmente) pero no del proyecto (político y la estrategia de acumulación), cuestiones estrechamente relacionadas pero de diferente naturaleza que deben ser tenidas en cuenta a la hora de los análisis y de las praxis (3).

Desde luego, en este proceso la educación no es la excepción. Los planes contrarreformistas que se adelantan en el sector educativo reproducen con pasmosa claridad los aspectos más sustantivos del nuevo neoliberalismo académico. América Latina tampoco resulta ajena a esta coyuntura, como recientemente lo evidencian los casos más sonados en Chile y Colombia pero que recorren con diferentes matices toda región.

En Colombia las pretensiones contenidas en la última contrarreforma propuesta por Juan Manuel Santos (gobierno autoproclamado de Tercera Vía bajo la máxima: “El mercado hasta donde sea posible, el Estado hasta donde sea necesario”) resultan esclarecedoras acerca de la “creatividad” – destructora, por supuesto – de lo que podría avecinarse si se permite que avancen estos procesos.

Si bien existen múltiples controversias sobre el perfil de la contrarreforma ya han sido denunciadas, aún permanecen otros aspectos claves poco desarrollados, en relación con las novedades del neoliberalismo académico en curso y que, en ciertas oportunidades, pasan inadvertidos quizás debido a su grado de sofisticación.

Uno de ellos tiene que ver con la financiación de la educación pública universitaria a través de “inversiones” del sector privado con fines de lucro, cuestión que además permitiría que las Universidades tengan la naturaleza de “sociedades por acciones”, maniobra que intenta – entre otras cosas – someter a la educación superior a los dictados del libre comercio global y los poderes financieros transnacionales. ¿Qué novedades implicaría este asunto?

Complementando lo teorizado recientemente por David Harvey respecto a las lógicas de la acumulación capitalista por desposesión, el nuevo neoliberalismo actúa paralelamente a través de una lógica de posesión sin desposesión.

El problema de transferir la propiedad pública a manos privadas, tal y como sucedía corrientemente en la época de las privatizaciones, pasa a un segundo plano.

Lo importante en la nueva era es la empresarialización – un tipo de privatización aunque atípica o implícita – y el gerenciamiento gestionario, en tanto el propósito es distinto: más allá de conseguir la apropiación directa de los bienes públicos se trata de “agenciar” su posesión (utilizando una metáfora: a la manera de una “posesión” de un espíritu a un cuerpo; un mismo cuerpo pero dominado por “otra” personalidad) como dispositivo para introducir el espíritu empresarial y reproducir las lógicas de mercado sin que esto signifique transformar el carácter de la propiedad, la cual puede seguir siendo “pública” mientras que garantice que la gestión o gerencia del negocio y sus ganancias sean privatizadas (4).

Un ejemplo de lo anterior viene funcionando extendidamente en diferentes ámbitos bajo los mecanismos de concesiones y las famosas asociaciones público-privadas en la pretendida consolidación de una esfera pública no-estatal (como su nombre lo indica, está muy lejos del supuesto y anunciado “regreso del Estado”, por lo menos en una versión no-neoliberal) (5).

En el discurso del nuevo neoliberalismo estas situaciones son denominadas cuasi-mercados, fórmula recurrida para capturar aquellos bienes públicos que no han sido aún incorporados en el ciclo de valorización capitalista o, en su defecto, débilmente articulados al mercado y que – además – revelan diferentes obstáculos (no tanto de índole económica sino fundamentalmente resistencias de tipo político y social) para funcionar “plenamente mercantiles” bajo las estrategias tradicionales.

En este aspecto y a diferencia del pasado, la cuestión no giraría más en torno a la creación de estructuras de mercado (la obsesiva y acostumbrada “apertura de los mercados”). Ahora parece indispensable mejor enraizar las fuerzas de mercado para que, incluso en espacios formalmente no-mercantiles, éstos funcionen “a la manera” del mercado (“como si efectivamente lo fueran). Es lo que se aspira imponer para la Educación Superior.

Marx o Weber quizás se sorprenderían del estilo de contrarreforma educativa que propone hoy el nuevo neoliberalismo, el cual definitivamente exaspera los límites de lo que hasta el momento parecía innombrable. Veblen, de seguro, profundizaría el tono amargo de su primer subtitulo pues, en este caso, la depravación no es total sino absoluta, absurda.

(*) Tomado de Revista Izquierda No. 14 (Agosto 2011). Disponible en línea: http://www.espaciocritico.com.

Notas

(1) Sheila Slaughter y Larry Leslie, Academic capitalism: politics, policies and the entrepreneurial university, Baltimore, Johns Hopkins, 1997.

(2) El documento del Banco Mundial: El financiamiento y administración de la educación superior: reporte sobre el estatus de las reformas del mundo (1998) proponía que la agenda para la “reforma educativa” del momento (un eufemismo, porque se trataba de una regresión histórica de enorme magnitud): “está orientada por el mercado más que por la propiedad pública o por la planeación y la regulación gubernamentales (…) la dominación, en casi todo el mundo, del capitalismo de mercado y los principios de la economía neoliberal se encuentran en la base de la orientación por el mercado de la educación media superior y superior”.

(3) Puello-Socarrás, J.F., Nueva Gramática del Neo-liberalismo, 2008. En línea: www.espaciocritico.com.

(4) En los sistemas de concesión, el Estado aportaría la infraestructura física y la financiación básica garantizando “la demanda” en tanto el sector privado “administraría” (gestión y gerencia) el negocio y las ganancias. Otro ejemplo de los esquemas de posesión sin desposesión puede ser relacionado con los mecanismos de “titulación” que han sido aprobados en la reciente Ley de “Restitución Tierras” del gobierno de Santos en Colombia.

(5) En el caso de la educación primaria y media secundaria colombiana existe vasta evidencia histórica e institucional sobre la introducción de este tipo de esquemas durante las alcaldías de Antanas Mockus y Enrique Peñalosa en Bogotá, situación que se tornó más grave aún con la mal-llamada “Revolución Educativa” de Uribe Vélez a nivel nacional. Todas estas experiencias mostraron siniestros resultados y, en algunos casos, afortunadamente vienen siendo revertidas. Sólo entre 1999-2001, la Alcaldía de Enrique Peñaloza entregó 23 establecimientos públicos distritales en concesión. El balance: la educación pública devenida en negocio, situación a la que se sumaron varios casos de corrupción.

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