La idea de la integración americana es de larga data, tomando mayor impulso en las últimas décadas; sin embargo, más allá de los diferentes intentos de convergencia regional, pervive en los principales Estados Nación americanos la reiteración del dilema de elegir entre ser “cabeza de ratón o cola de león”. La mayoría de estos países anhelan ser “cabeza de ratón antes que cola de león”; es decir, prefieren ser los líderes de un grupo de estados y economías que a escala regional y global tienen muy poca incidencia antes que ser subsidiarios de un esquema de integración más complejo donde su capacidad de acción sea de menor relevancia pero su potencia de conjunto sea más extensa, opción que a nuestro parecer ha debilitado sistemáticamente el éxito de los procesos de integración, tal y como puede verse  a la luz de los siguientes ejemplos.

*Venezuela: a partir de la era “petro-chavista”, este país habría llevado a implementar al menos dos estrategias a través de las cuales posicionarse como “cabeza de ratón” regional: la primera, es la del “bombero piromaniaco”, es decir, pretendiendo apagar fuego con fuego, ya que propugna crear la Alternativa Bolivariana para América Latina y el Caribe (ALBA) como respuesta a la propuesta igualmente hegemónica de Estados Unidos con el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). En segundo lugar, se dispone a buscar nuevos aliados con mayor cercanía en sus posicionamientos políticos e ideológicos pero también con una perspectiva a futuro de desarrollo económico, comercial y de institucionalización del bloque de integración. En este sentido, Venezuela abandonó la Comunidad Andina de Naciones (CAN) con su pétreo andamiaje institucional, debilidad económica y la heterogeneidad ideológica, para anexarse al MERCOSUR. Con ello busca además desestabilizar el asimétrico empate entre argentinos y brasileños, disputando claramente el liderazgo regional de Brasilia / Itamarati, aunque sin que ello necesariamente suponga inclinar el fiel hacia Buenos Aires, ya que Uruguay y Paraguay jugarían – eventualmente- como socios estratégicos  (como colas de león) en pro de una reivindicación de su rol igualitario como socios del bloque.

*Brasil: desde una perspectiva de la situación geoestratégica, la situación de Brasil a partir de la administración “Lula” es prometedora, ya que a la posibilidad futura de volverse una nueva potencia petrolera, se le suma la firma de una relación bilateral comercial privilegiada con la Unión Europea, el entendimiento Brasilia-Washington en lo que respecta a temáticas claves como los biocombustibles, el rol cada vez más influyente a nivel global como parte del grupo de países de los BRIC, que sirve de plafón para la profundización de la opción por la integración en la región sudamericana como un espacio más donde testimoniar su liderazgo. Este anhelo puede ser ejemplificado en el impulso desde Brasil a la construcción de una “Comunidad Sudamericana de Naciones” que permita una coordinación continental de las estructuras de integración, así como también en el reconocimiento de la necesidad de fortalecer institucionalmente el MERCOSUR y de limar las asimetrías entre sus países miembros a través de la creación del FOCEM aún a costa de aportar el 70% de los fondos y recibir solo el 10% del total en beneficios para sí.

*Chile: Es el caso paradigmático de “cabeza de ratón”, pues sistemáticamente ha preferido jugar un rol de poco compromiso a la solución que ofrecería la integración regional, al punto de abandonar la CAN, no superar el estatus de estado asociado al MERCOSUR desde hace más de una década, y propugnar las relaciones bilaterales con un sinnúmero de países como mecanismo privilegiado (siendo el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, Japón, China, México, Canadá, Corea, entre otros, ejemplos ilustradores al respecto). Este aislamiento económico y geoestratégico por parte de Chile a los intentos de integración en la región, podrían llevarnos -de forma intuitiva –  a pensar que una de las causales anida en la búsqueda sistemática de salvaguardar la economía del país trasandino de las reiteradas crisis e inestabilidad macro-económica de los países de la región.

*Estados Unidos: siendo este país “la cabeza del león” por excelencia, es interesante notar cómo, a pesar de su  tradicional aislacionismo, en las últimas décadas ha tomado fuerte impulso la preocupación por la integración con América Latina, llevándolo en un primer momento a relacionarse con los países colindantes a través del NAFTA (1994), luego a propugnar la integración continental a través del ALCA, y su vinculación con Centroamérica por intermedio del CAFTA-RD.

Resulta interesante notar cómo la integración en tanto “nuevo” mecanismo de convergencia comercial para la mayor potencia mundial, lleva implícito un sopesamiento de las fortalezas, debilidades y oportunidades y costos involucrados en el proceso.  Ello queda claro en la salida a la crisis mexicana de 1994, en la cual el nivel de compromiso de la potencia mundial respecto de México fue mayor que en años precedentes, ya que dejarlo caer en el momento mismo de darle el estatus de país socio hubiese significado un claro revés a su adopción del “nuevo” sendero. En cuanto al ALCA, y recuperando lo planteado anteriormente para el caso chileno, creemos que su fracaso (evidente en la Cumbre de Mar del Plata en 2005) fue cultivado tanto por los detractores más acérrimos como también por el propio Estados Unidos, ya que para el país del norte atar parte de su economía a la de las Latinoamericanas – más allá de las oportunidades comerciales que pudiesen ofrecerle – era abrir una ventana a la incertidumbre e inestabilidad de futuras crisis que, a partir del ALCA, no podría desoír. Por último, en el caso del CAFTA-RD, más allá de los supuestos peligros que la industria de la maquila puede aportar a la economía interna de los Estados Unidos, la relación con Centroamérica, a pesar de padecer la misma impronta de fluctuación macroeconómica que el resto de los países latinoamericanos, dista en mucho de ser un foco de problemas producto de la escala de las economías centroamericanas y del comercio entre ellas y Estados Unidos.

*Por último, los casos de Argentina y México,  a pesar de encontrarse en latitudes muy distantes comparten elementos similares: ambos países poseen un nivel de subsidiariedad respecto a las potencias económicas regionales – Brasil y Estados Unidos respectivamente- lo cual los convierten en “colas de león”. Aunque la voluntad de ambos países respecto al socio mayor pareciera ser la de “…si no puedes vencer a tus enemigos úneteles…”,  ambos casos reproducen la estrategia de aspirar a ser “cabeza de ratón” respecto a los socios menores de sus respectivas regiones, como un intento de expiar parte de la presión vertical de los socios mayores, tal y como puede verse en el caso de Argentina vetando a Uruguay el desarrollo de la industria del papel, y a México impulsando intentos como el del Plan Puebla-Panamá.

En definitiva, aunque el aprendizaje de la labor colaborativa que supone la integración regional en los últimos años es un elemento para creer que este dilema pueda ser superado, el peso de las tradiciones, de los anhelos de liderazgo, y de la historia disociada de estos países, son elementos a tener en cuenta para pensar el devenir de la integración regional americana, de forma tal que no se caiga en la ilusión que, a manera de cierre, graficamos a través de las palabras del premio nobel Czeslaw Milosz: “La imagen que tengo de mí, crece y se agiganta en la pared; y frente a ella, mi sombra miserable”.[1]


[1] Publicado originalmente en Espacios Políticos/ 2009.

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