En el extenso rizoma de la disputa por el poder, como señalara Maquiavelo, la premisa es obtenerlo, mantenerlo y acrecentarlo, en sus múltiples formas y modos, al punto de ser temido y/o amado. Bajo este postulado, la coyuntura electoral es una de estas instancias donde se produce la transformación y discontinuidad de los ritmos sociales y políticos, convirtiendo a estas coyunturas en “momentos de verdad” en los que se ponen en juego los verdaderos resortes del presente y el futuro, en momentos en los que se produce el instante arquitectónico de la política. La coyuntura electoral de 2011, claramente encubre la paradoja de ser una instancia de continuidad del sendero abierto por Néstor Kirchner en el año 2003, pero sin embargo lleva en su raigambre la marca de un cambio, en el sentido de pasar del momento de la acumulación y el mantenimiento del poder, al del acrecentarlo.

Las elecciones de 2011 adquieren un tinte singular, por la inusitada magnitud del resultado obtenido por el FPV (que solo fue superado por Yrigoyen o Perón en la historia argentina), por la desestructuración definitiva del sistema de partidos, por la reversión por parte del kirchnerismo de la pérdida electoral de 2009, pero también por el halo de misticismo y ritualidad que englobó la elección de CFK tras la muerte del principal referente del kirchnerismo: Néstor Kirchner.

Este remozado poder que acumula el kirchnerismo de forma inusitada tras las elecciones de 2011, si bien a primera vista estaría ampliamente enraizado en términos territoriales, claramente distaría en mucho de ser homogéneo en términos ideológicos, ya que (semejándose una vez más al multifacético peronismo) en el kirchnerismo prima el pragmatismo en busca de más gobernabilidad, que la defensa programática de un principio representativo.

Asimismo, si desde el 2003 a esta parte el kirchnerismo se ha mantenido en el poder como principal fuerza partidaria, claramente su estructuración política ha sido cambiante y dispar, institucionalizando informalmente un patrón de vinculación con los gobernadores e intendentes del conurbano bonaerense que excede una vez más el vinculo partidario, y que se acerca más bien a una lógica de necesidad mutua en pos de la supervivencia y en contra de cualquier fantasma de la caída. En este panorama, son pocos los ribetes y rincones que esta extensa y entramada red de acumulación de poder gubernamental, deja en juego para la formulación de postulados adversos, antagónicos o antitéticos al poder del kirchnerismo, evidente una vez más tanto en la dispersión de la oposición como en la supervivencia de oposiciones afincadas en ciertos territorios subnacionales.

Un escenario de fuerte acumulación de poder, con escasos contrapoderes, con fuerzas políticas con una enorme complejidad en situación de equilibrio inestable como la del kirchnerismo, plantea tras la elección del 2011 una multiplicidad de desafíos, entre los cuales sobresalen:

1) La disputa por la herencia del liderazgo, habida cuenta de la imposibilidad constitucional de CFK para ser reelecta en el 2015, pero sobre todo por el difícil y traumático proceso de traspaso de la configuración como piedra de toque desde la actual presidenta hacia otra figura política de su entorno, que sea capaz de responderle, y a su vez de emulársele, tal y como por ejemplo parecía ser la situación de Dilma Rousseff en Brasil tras los dos mandatos de Lula da Silva.

2) El segundo desafío a futuro radica en reconocer si la potencialidad de la fuerte acumulación de poder se tornará en acto hacia políticas progresistas o conservadoras, hacia nuevos o viejos temas de agenda, si apelará o bien a la lógica de cambiar poco para que nada cambie o bien a cambiar rotundamente ya que no existe oposición al respecto, si tendrá un norte orientador o bien si continuará con su política de múltiples nortes en diversos escenarios de disputa, que no necesariamente poseen y comparten la misma lógica de juego.

3) Un tercer desafío radica en reconocer los intersticios donde puede aflorar la conflictividad política y social (como claramente pareciera ser el vínculo entre el gobierno y el sindicalismo de la CGT), o inclusive si ciertos conflictos de mediana intensidad  tras el 2009 adquirirán nueva relevancia, como fue desde entonces por ejemplo el encono del gobierno con los medios de comunicación, las organizaciones rurales, entre otros.

En resumen, las elecciones argentinas de 2011 se configuran como un excelente faro a partir del cual repensar la paradójica – pero exitosa – estructuración del kirchnerismo como fuerza política con vocación de poder, pero también una fuerte atalaya donde aventurarse hacia los avatares de un futuro político incierto. A caballo entre el pasado y el presente, esta lectura de la distribución del poder político en Argentina hacia el 2011, no es más que un intento por fotografiar el incesante pasaje del tiempo convertido en política, o como planteara Walter Benjamin en sus Tesis de la Filosofía de la historia: “apropiarse de una reminiscencia, adueñarse de un recuerdo tal y como éste relampaguea en un instante de peligro”.

Anuncios