A continuación me propongo identificar reflexiones y conjeturas que ayudan a definir la categoría Dictadura. Esto es relevante, al menos para el caso chileno, porque el hecho se presenta con regularidad en la historia social. En consecuencia, es una pieza clave porque es una variable independiente en la lógica de la investigación explicativa.

Dimensión 1 de la categoría

En Chile el “golpe” de Estado del 11 de septiembre de 1973, puede ser pensado como una de las expresiones de una “operación estratégica” en el marco de una “revolución neoliberal” que logró “camuflar” las contradicciones y crisis (Salazar, 2006: 96) del modelo económico chileno al interior de cada hombre y mujer en edad de trabajar. Esta “acción faccionalista” (Grez y Salazar, 1999: 10) empleó el terrorismo de Estado contra los simpatizantes y militantes de la Unidad Popular que habían logrado el gobierno en 1970, y que para marzo de 1973 obtuvieron el 43,3% de los votos a nivel nacional (Grez y Salazar, 1999: 16).

Dimensión 2 de la categoría

Desde ese 11 de septiembre de 1973 y hasta 1989, los “pobladores” tratarán lo social desde las nociones de “golpe” y “protesta”.

Escucho la radio Magallanes y estaba hablando el compañero. Pa’ mi fue una cosa increíble, o sea irreal, yo escuche todo lo que estaba diciendo, el discurso de él, salí para afuera, puse la radio fuerte. Le dije a la señora de la esquina si esto está pasando. Todos ahí pusimos la radio fuerte, porque todos estábamos en la calle. Y miramos para abajo y veíamos como el humo salía de La Moneda, con el bombardeo que se hizo pero, como te digo, fue un sueño todos esos días“. (Entrevista a Luzmenia Toro, en Garcés, 1997:110)

Dimensión 3 de la categoría

El “golpe”, por un lado, indicó la detención de los derechos que los “pobladores” habían adquirido, el desconocimiento de sus ahorros para la vivienda y el volver a verse solos ante sus problemas cotidianos. Por otro lado, el “golpe” abrió el proceso de “desposesión simbólica” (Wacquant, 2007:129) gracias a la destrucción de las fuentes de legitimación de los “pobladores” y mediante la renovación de los mecanismos de producción de los “estigmas” (Goffman, 2006: 45-65) que sustentan el control y la represión sobre ellos. Esto, debido a que en la política pública de la Junta Militar la categoría “poblador” garantizaba la progresión en la cantidad de “allanamientos”, detenciones, amedrentamientos y apremios físicos (Vid, Revista Mensaje nº 336, Apud, Lúnecken, 2000:109).

En el ámbito económico ese proceder revivió la definición que se le daba al labrador de la primera mitad del siglo XIX. Por tanto, el “poblador” fue asumido como la “versión criolla del siervo de la gleba medieval” (Salazar, 2000:76): carente de iniciativa, flojo y vicioso por naturaleza, y cuando el estigma fue flexible se dejó caer el rótulo de “delincuentes”.

Dimensión 4 de la categoría

Esta relación que el Estado fijó con los “pobladores” se ajustó a lo que ya había determinado el presidente Nixon de los Estados Unidos de Norteamérica, cuando tomó conocimiento de la recomendación hecha por Nelson Rockefeller, la cual indicaba buscar alianzas con los líderes militares de los países latinoamericanos para que, vía “pronunciamiento institucional”, se “extirpara” al enemigo (Teitelbom, 1985: 14-15), lo que dotó de contenido a la Doctrina de la Seguridad Nacional que legitimó un “régimen de guerra” en donde se da una “lucha sin cuartel” y “no se omiten los métodos más bárbaros” (Revista Mensaje nº 338. Apud, Lúnecken, 2000:111).

“Al despertar, muy temprano, vimos con sorpresa y por qué no decirlo con cierto temor que estábamos completamente rodeados por milicos. Luego se nos condujo a todos los hombres hacia la cancha del Juventud Conchalí, ahí donde está ubicada ahora la Escuela Sor Teresa de Los Andes. Y cuál sería mi susto más grande, y lo digo honestamente, cuando siento que me nombran a través de un megáfono. Me paré, ya que nos tenían sentados en el suelo, y me dirigí hacia quién se veía que estaba al mando. Me explicó que sabía que yo tenía documentación y todo lo concerniente a la toma y que debía presentárselas. Me trajeron hacia el campamento muy bien escoltado. Una vez aquí arriba me trasladaron donde creo yo, era quién les mandaba a todos, ya que momentos antes había llegado aquí en un helicóptero. Este señor me hizo entrega de una notificación en la cual decía que al no contar nosotros con documentación que acreditara que esta toma fuera legal, teníamos una hora para desalojar estos terrenos. Por tratarse de documentos que eran muy valederos para nosotros, tuve siempre la preocupación de guardarlos en un lugar seguro y mi carpa, al igual que muchas otras, no daba ninguna seguridad. Por lo cual, opté por ponerlos entre dos planchas de techo. Con los papeles en la mano volví donde este señor y éste los leyó y los revisó, una y otra vez hasta que me dijo, textualmente: está bien pero ¿Qué haría si en este momento hago tira estos papeles? En ese momento sé, con firmeza, que dios puso estas palabras en mi boca: tengo copias. Se ve que eres precavido (le respondió el “señor”). Y al momento me dio a entender que no nos preocupáramos, que el campamento El Rodeo era la última toma permitida en Santiago, y también en todo Chile”. (Entrevista a Mario Alarcón, en Garcés, 1997:104-105)(1).

Dimensión 5 de la categoría

Según Lúnecke, en este período la acción de los “pobladores” fue fundamentalmente expresiva, sin un contenido reivindicativo preciso, a lo que Campero llamó “lucha contra el régimen” y “sobrevivencia” (Campero Apud. Garcés, 1990:39). Entonces se apreció que mientras las mujeres adoptaron el “caceroleo” y las “marchas” como formas de protestas por la reducción del poder adquisitivo de sus hogares (Lúnecken, 2000:51), los jóvenes privilegiaban una movilización de “enfrentamiento con el mundo oficial simbolizado en el aparato represivo” (Lúnecken, 2000:49), la cual implicó: barricadas, fogatas con neumáticos, cavar zanjas en las calles de las “poblaciones” y rociar las calles con aceite y grasa a las cuales se le arrojaban antorchas al paso de los vehículos policiales, “transformándose las calles en verdaderas alfombras de fuego” (Lúnecken, 2000:77).

Bibliografía

Aldunate, J. (1983): Las tomas cuando el “allegado” toma lo suyo. En: Revista Mensaje, Nº 324, Noviembre. (pp. 22-28)

Garcés, M (1997): Historia de la comuna de Huechuraba. Memoria y oralidad popular urbana. Santiago, ECO, Educación y Comunicaciones.

————— (1990) Movimientos sociales en Chile y transición a la democracia, en Iglesia y transición en Chile, (pp. 37-49) Serie de estudios del CEDM, nº 4, Santiago, Rehue.

Goffman, E. (2006): Estigma. La identidad deteriorada, Buenos Aires, Amorrotu.

Grez, S. y Salazar, G. (com) (1999): Manifiesto de Historiadores. Santiago, Lom.

Lúnecken, G. (2000): Violencia Política. Violencia política en Chile. 1983 -1986. Santiago, Arzobispado de Santiago, Fundación Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad.

Salazar, G. (2000): Labradores, Peones y Proletarios, Santiago, LOM.

Teitelbon, S. (1985): Derechos Humanos y Soberanía Popular. Santiago, Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz.

Wacquant, L (2007): Parias urbanos. Marginalidad en la ciudad a comienzos del milenio, Buenos Aires, Manantial.

(1) A la trascripción que hace Garcés se le ha incorporado el paréntesis, debido a que la categoría “señor” es constitutiva de una relación especial que establece el “poblador” con el que no lo es y que, indudablemente, se ve arrastrada hasta ser parte de la cultura de las organizaciones económicas que estudiamos.

Anuncios