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Teniendo como punto de referencia los 31 años del asesinato de Patricio Sobarzo Núñez (chileno, militante del MIR, dirigente social y político), es que se pretende en un espacio breve y somero reflexionar libremente sobre algunos usos de la memoria histórica como herramienta política en el Chile de la llamada “transición democrática”. Para ello se contraponen dos “territorios”, y se ahonda con especial énfasis en el uso de esta memoria por el primero de ellos.  

I

Este 2 de julio se conmemoran 31 años del asesinato a manos de la CNI (la policía política de la dictadura de Augusto Pinochet) de Patricio, mi padre, quien también tenía 31 años esa noche agria del 2 de julio de 1984, y lo recordamos (o reconstruimos, en mi caso), con alegre nostalgia.[i]

Y recordamos al Patricio cariñoso, amante de sus sobrinas, fumador insaciable del lucky strike sin filtro, amante de la palta, guitarrero sin saber una nota, y que andaba con un texto de Gramsci bajo el brazo cambiando pañales.

 Y si bien es necesario y sanador recordar a ese Patricio padre, compañero de Inés, y que aparecía y desaparecía fugazmente de casa de sus padres tras reuniones interminables, es también necesario recuperar el por qué hoy nos hace bien recordar a Patricio. No debemos ser egoístas con el legado de nuestros muertos; no son ni serán una pieza de museo para turistas extranjeros que lamentan los horrores de la dictadura, y no tiene sentido recobrar el pasado si no nos sirve para apropiarnos del presente y proyectar un futuro compartido.

Entonces nos acordamos que existen dos formas de concebir la praxis política: una como territorio de administración de lo posible, de reglas del juego creadas bajo un paraguas normativo para garantizar gobernabilidad, que cuando no le toca sacar los fusiles del ropero recurre a soluciones “técnicas” para mantener los consensos básicos de las clases poseedoras, amparándose en una presunta neutralidad para encubrir sus raíces ideológicas; y nos acordamos que esa forma de entender la  política ha permeado el proceso político en el Chile de la post-dictadura, y ha sido también cómplice de sus maquillajes y silencios…

                                                                       II

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El Barrio Yungay, en el sector central de Santiago de Chile, aloja una construcción de arquitectura vanguardista e imponente. Al ingresar al edificio y caminar unos pocos metros por el pasillo principal, se da la bienvenida al visitante frente a un muro donde reposan fotografías de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados Políticos de la dictadura militar de Augusto Pinochet, que asoló por 17 años a nuestro país.

Quien se adentre en el lugar, encontrará una serie de artefactos personales: cartas, recortes de periódicos, registros audiovisuales interactivos, ilustraciones, y una variada gama de objetos y testimonios que recuerdan a compatriotas exterminados por el terror  pinochetista. Es un paisaje conmovedor y minuciosamente trabajado.

Al avanzar por un pasillo largo, el visitante se encuentra con el mayor símbolo de la crueldad y el sadismo dictatorial: una “parrilla” (así se conoce en Chile al catre eléctrico, el instrumento favorito con que la DINA y la CNI arrancaban confesiones a sus detenidos). Circundando aquel objeto, cuelgan de las paredes pantallas de plasma que reproducen testimonios de sobrevivientes de la tortura, narrando con lujo de detalles sus experiencias en centros clandestinos de detención y cómo sortearon a la muerte que acorralaba sus narices.

 ¿Qué preguntas afloran en aquellos transeúntes que visitan el lugar?; ¿Cómo se traduce, o que lectura es pertinente hacer a partir de ese enfoque específico que se pretende imprimir a un momento significativo y determinante para la memoria histórica del Chile contemporáneo?; ¿Qué sensaciones iniciales y conclusiones finales evoca en el  visitante?; ¿De qué se nutre, al final del día, ese ejercicio de schock al que se ve expuesto quien recorre los pasillos del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos?[ii] (sitio de memoria al que hacemos referencia).

Una respuesta inicial sugiere que allí predominan la muerte, la sangre, el dolor, los miedos, la victimización; y que es indiferente quien visite el lugar para constatar que esas temáticas aflorarán sin excepción en la subjetividad del visitante. Es la estética de la derrota política. Pero esta última es percibida con mayor detención, impacto y especialidad por la generación de sobrevivientes que visitan el Museo, sujetos permeados en mayor o menor medida por un pasado de compromiso militante.

Pero, ¿qué le dice ese lugar a quienes lo recorren y constatan por primera vez, al menos de manera más “directa”, los horrores del terrorismo de Estado, que se adentran en los objetos e imágenes de sus muestrarios, que prácticamente se mimetizan con ellos, y que por ende logran empatizar y sentir gran parte de ese dolor?.

¿Qué le dice ese Museo a las generaciones del presente que no han formado parte de grandes gestas políticas, a quienes no conocieron de primera mano los rigores de la doctrina de la seguridad nacional, aquel verbo rector que mandató las prácticas represivas de las dictaduras militares latinoamericanas de la década de 1970, y que en Chile se materializó en una serie de preceptos constitucionales que rigen hasta nuestros días?

 ¿Qué objetivo político trasunta el establecimiento de sitios de memoria como aquel museo, en el contexto de un entramado jurídico de larga duración, y que antaño fuera no solo utilizado eficazmente por la administración dictatorial para aplastar las disidencias internas, como aconteció en gran parte de nuestro sub-continente,  sino que en el caso chileno tuvo como rasgo distintivo (y adicional), la refundación del Estado en clave neoliberal, la tutela de las prácticas políticas de la oposición “moderada” a la dictadura, que de manera más o menos interesada se enriela en el itinerario trazado por el régimen de Pinochet para recuperar una democracia “protegida” y de baja intensidad, aislando a la izquierda radical, desmovilizando a aquella mayoría social que fuera determinante en el debilitamiento de la tiranía y su posterior repliegue, teniendo como resultado una separación abismal entre política y sociedad que alimenta este diseño, y que a pesar de los signos de agotamiento evidenciados en los últimos años se mantiene relativamente incólume?.

Nos atrevemos a sostener una lectura posible: Yo, Estado de Chile, te entrego el relato institucionalizado del horror pinochetista, te invito a palpar, a sentir, a oler casi el significado de la muerte y la tortura. Pero omito conscientemente el recuerdo “en positivo” de los caídos, omito su construcción cotidiana, su proyecto de sociedad, su lucha por un país distinto. Te expongo acerca de la barbarie y las bestialidades, destinando recursos estales para ese objetivo, e incluso allá afuera podrás socializarlas con tu grupo cercano e invitarlos a que se empapen de ellas de manera más directa, visitando aquel museo, pero no oses cuestionar el modelo de relaciones sociales que nosotros hemos “corregido y aumentado” durante estos 25 años junto al empresariado. Esa es la línea roja, el área impenetrable de este primer territorio, y es intocable.

El museo, en consecuencia, nunca será comprendido bajo una óptica desinteresada. Esa lectura permitiría inferir erróneamente que el Estado es neutral, ajeno a los conflictos entre clases, o al menos en este caso, catalizador de consensos prístinos entre sectores sociales con intereses inicialmente contrapuestos, pero que en nombre de la estabilidad y la paz social fueron capaces de arribar en la post-dictadura a conclusiones compartidas que se extienden al conjunto de la sociedad, teniendo una expresión concreta y central en determinadas políticas socio-económicas, y simultáneamente en una política de memoria histórica que persigue uniformar el imaginario colectivo referente a la violaciones a los derechos humanos en el país, coincidiendo en cuestiones elementales: en Chile se asesinó sumariamente, en Chile se hizo desaparecer, en Chile se torturó. No hay vencedores ni vencidos, y necesaria es la promoción y difusión de una conciencia cívica sobre los derechos humanos para que al interior de la sociedad chilena no vuelvan jamás a repetirse delitos de lesa humanidad.

Sostenemos que ésta memoria oficial del Chile de la transición, no es más que la memoria del martirologio, de los simbolismos vaciados de contenido transformador, de instalar a los muertos y torturados de la dictadura cívico-militar en un sitial donde no molestan ni cuestionan, allí donde son una suerte de objetos amorfos sufrientes y acríticos; un lugar que sea cómodo y accesible para neutralizar su legado como agentes de cambio político y social, como sujetos históricos portadores de un proyecto de sociedad: los bustos de plazas y la museografía serán la trastienda donde les corresponda habitar a partir de hoy. Allí no son disfuncionales al patrón actual de acumulación capitalista. Bienvenidos a mí política de memoria. Se cierra la puerta (…). Así parece hablar el Estado chileno de los últimos 25 años, más allá que dicha voz rememore algún personaje kafkiano.

 De ahí que sitios como el Museo omitan bajo su manto de recuerdos emotivos a ese otro capítulo de oposición a la dictadura: aquel de la resistencia, el  proyecto y las militancias, más allá de las luchas legítimas del movimiento de derechos humanos o los familiares de los asesinados y desaparecidos, cuya labor ejemplar el Museo no se atrevió a ignorar.

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                                                                       III

Pero hay también otra forma de comprender la política: una que la concibe como territorio de disputa en diversos frentes, que no rehúye o disimula el conflicto para pensar a corto plazo; que la entiende como una herramienta para transformar radicalmente las relaciones sociales y no la asimila sino como proyecto colectivo.

Así entendió la política Patricio, mi padre, y buena parte de su generación, así Patricio asumió la defensa de la vida de un grupo de compañeros que no militaban en su organización, que no conocía, con quienes de seguro tendría ciertas diferencias, pero a quienes era imperativo salvar[iii], y no necesariamente porque había una dictadura brutal que llevaba 11 años matando, o incluso por su indudable dimensión ética y humana (que es muy importante), sino sobre todo porque esta segunda forma de entender la política no sustrae la praxis de la acción colectiva, moldea las individualidades antes que ellas lo moldeen a uno: allí radica el verdadero sentido de la política revolucionaria. La humanidad de Patricio, el corazón de Patricio, no pueden entenderse si se deja a un lado su dimensión revolucionaria. Es humanista porque es revolucionario, y no al revés, y lo es además con todo lo que eso conlleva: con sus renuncias, con sus errores, con sus miserias, y hasta con sus dudas y desengaños cotidianos, porque tampoco es de bronce ni es un ordenador autoprogramado.

Tal razón lo libera, entonces, de responder a aquellos arquetipos heroicos construidos por ciertas tradiciones de izquierda, que sitúan a sus mártires en el sitial inalcanzable del olimpo militante, o en la rememoración insistente que realiza “agitación y propaganda” en fechas determinadas: ese donde no existen yerros ni contradicciones, donde habitan militantes puros rodeados de espigas o banderas, ya sea con el objeto de arropar la acción voluntarista que prescinde del análisis de las condiciones de lucha (las que existen, no las que nos gustaría que existieran), ya sea para satisfacer los egos de organizaciones con vocación de secta.

Por acción u omisión, y a pesar de su ubicación aparente en trincheras contrarias, sostenemos que esta última perspectiva se entronca con el primer territorio de la política: ambas dan la espalda a la sociedad, impidiendo que se apropie de las luchas libradas por las generaciones precedentes, especialmente por aquellos que quedaron en el camino consumando esas  tareas.

Revestidos nuestros muertos como víctimas, o armados como héroes inalcanzables, no hay asomo de victoria alguna que sirva a intenciones emancipadoras, no al menos uno que se proponga la construcción de una política propia para los sectores subalternos.

Tampoco es casual recuperar hoy, en el contexto del Chile actual y la descomposición generalizada de la política a alguien como Patricio, y tampoco se trata de sacar a relucir superioridades morales (sería muy fácil este 2015, hay mucho material para hacerlo dada la coyuntura política chilena); solo entender que en los pasos de él y de sus compañeros no había espacio para medias tintas: o se está con las grandes mayorías, con las clases dominadas; o se está con los poderosos y multimillonarios que se apropian del trabajo ajeno y que hoy se enriquecen haciendo negocios con nuestros derechos.

Contra ellos luchó y entregó su vida Patricio y tantos otros; no solamente contra un criminal que será absorbido por las fuerzas de la historia.
Por otro Chile peleó Patricio, y también por otra democracia; radicalmente distinta a la actual y a sus transiciones y transacciones eternas; y por esa política de las convicciones fue también Profesor de Historia y uno de los fundadores de la AGECH[iv] (Asociación Gremial de Educadores de Chile, organización que aglutinaba al profesorado opositor a la dictadura militar).

Hoy estaría marchando contra la carrera docente con que el actual gobierno chileno proyecta profundizar lógicas competitivas en el terreno de la educación, y a fin de año quizás se tomaría una foto similar a la del inicio, como profesor jefe de ese curso que tanto quiso. Claro que con bastantes más canas, y de seguro con una buena calvicie…

[i] Para ahondar en aspectos personales y políticos de la vida de Patricio Sobarzo Núñez (padre del autor del texto), consultar el siguiente enlace: http://www.derechos.org/nizkor/chile/libros/sobarzo/psobarzo/index.html

[ii] El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos es un espacio destinado a dar visibilidad a las violaciones a los derechos humanos cometidas por el Estado de Chile entre 1973 y 1990; a dignificar a las víctimas y a sus familias; y a estimular la reflexión y el debate sobre la importancia del respeto y la tolerancia, para que estos hechos nunca más se repitan.

Es un proyecto Bicentenario, inaugurado en enero del 2010 por la entonces Presidenta Michelle Bachelet. Con su creación se busca impulsar iniciativas educativas, que inviten al conocimiento y la reflexión. Su instalación, en la calle Matucana, busca además potenciar el circuito cultural Santiago Poniente.

A través de objetos, documentos y archivos en diferentes soportes y formatos, y una innovadora propuesta visual y sonora, es posible conocer parte de esta historia: el golpe de Estado, la represión de los años posteriores, la resistencia, el exilio, la solidaridad internacional, las políticas de reparación.

El patrimonio de sus archivos contempla testimonios orales y escritos, documentos jurídicos, cartas, relatos, producción literaria, material de prensa escrita, audiovisual y radial, largometrajes, material histórico y fotografías documentales.” Fuente: http://www.museodelamemoria.cl/el-museo/sobre-el-museo/

[iii] Patricio Sobarzo, a quien se hace referencia en el texto, es asesinado el 2 de julio de 1984 en Santiago de Chile por la Central Nacional de Informaciones (CNI), en momentos que gestionaba ayuda médica y logística a un militante del FPMR (Frente Patriótico Manuel Rodríguez, organización político-militar vinculada en la década de 1980  al Partido Comunista de Chile). Junto a él es asesinado Enzo  Muñoz Arévalo, y en el marco del mismo operativo son exterminados Ana Delgado Tapia y Juan Varas Silva, todos (con excepción de Patricio) militantes del FPMR y del Partido Comunista. A la fecha de su muerte Patricio Sobarzo era Secretario Regional del Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo (CODEPU), organización abocada a la defensa de los Derechos Humanos durante la dictadura de Augusto  Pinochet en Chile.

[iv] Asociación Gremial de Educadores de Chile, organización que aglutinaba al profesorado opositor a la dictadura militar.

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