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Hoy en día es muy frecuente escuchar en todo tipo de reuniones, colas de banco, debates profundísimos en Facebook, una frase que al ser pronunciada invalida todo intento anterior de ahondar o desgranar un problema seriamente. La frase en cuestión es: “… lo que pasa en este país es que hace falta educación”… Y así, la persona que la dice queda como un estadista revelador de las verdades del caos supuesto en una sociedad, solo porque un chabón tiró el boleto del 107 a la vereda en vez de guardarlo hasta encontrar un cesto público. Tiemblan Friedman y Batman, estamos ahí mismito de la revolución ecologista! Ponele…

Entonces, el planteo es: si porque uno tira un papelito en la calle, o porque alguien no le da el asiento a una señora y ni hablar si alguien escribe con horrores de ortografía en un zócalo televisivo, estas variables son realmente síntomas de la falta de educación? Y sobre todo ¿de qué tipo de educación estamos hablando?

Profundizando el tema me animo a preguntar:¿la gente que tira papelitos en la vereda lo hace porque no aprendió el proceso de la fotosíntesis, o a sacar porcentajes?,¿o la gente que no cede el asiento a una persona mayor o a una embarazada o el lugar en la cola del super necesita saber de literatura española antigua?

Esto se concatena con ese imaginario colectivo cada vez más frecuente de aseverar que cada vez menos chicos terminan la escuela secundaria. Bueno, no. Error. Otro más a los que nos tiene acostumbrado el bendito sentido común.

El gráfico a continuación muestra el porcentaje de población en Argentina que terminó la secundaria entre 18 y 29 años, según los censos nacionales desde 1971 al año 2010.

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A simple vista puede observarse cómo el área correspondiente a la titulación secundaria va creciendo década a década. Así que esa sensación de que cada vez termina menos gente la secundaria en Argentina en los últimos tiempos es falaz. Busquemos por otro lado mejor.

Ya que por haber hecho tres artículos basados en información estadística me dicen el #datapibe y me condenan a una cuantitatividad gélida y atroz, me voy a  alquilar un gatito y me voy a disfrazar de cualitativo un toque, como para despistar, y me voy a meter en algo más subjetivo: viendo que la finalización de la secundaria aumenta década a década, la idea que les propongo ahora es empezar a debatir algo más profundo: ¿qué tipo de educación hace falta? Y empiezo conlo que dice el gran Capusotto, según uno de esos carteles de internet imposibles de chequear:¿qué tipo educación es la que hace falta? ¿La que hace que los pobres tengan modales y respeten el orden natural supuesto sin molestar a los poderosos?”.Para responder a esta pregunta es necesario definir qué rol le da la sociedad al Estado para diseñar e/o impartir esa educación elegida.

Hecho este planteo profundísimo, el objetivo de este post es poder pensar juntos este problema de otra manera, buscando otro enfoque. Para empezar vamos a caracterizar la educación según 3 categorías señaladas por la UNESCO a principios de los años 70, entre tantas posibles creadas por diversos autores. Las categorías son: educación formal, educación no formal y educación informal.

Educación formal es la educación que regula, garantiza y performa el Estado. Brinda una certificación que acredita ante la sociedad un determinado número de saberes y habilidades. En Argentina, se garantiza por ley la escolarización obligatoria desde jardín de 4 años a la finalización del secundario. También están los terciarios, las universidades, los posgrados, las maestrías, etc. Esto no descarta la educación privada, ya que se rigen por normas y estándares para la creación de sus programas de estudios delineados por el Estado.

Educación no formal: son todos esos cursos, capacitaciones, talleres y los tan modernos workshops que brindan conocimientos y habilidades pero que no están certificados por el Estado ya que no tienen obligación de cumplir sus normas y estándares. Un curso de inglés o de computación son el ejemplo más claro de la educación no formal. Otorga certificaciones pero no responde a las normativas del Estado ni éste garantiza su calidad.

Educación informal: Es la educación que configura un fragmento de la sociedad, la que reproduce o modifica el habitus de una clase o un sector social. Es la que se obtiene de la vida cotidiana, la que brinda el entorno cercano de una persona: la familia, el barrio, la práctica de alguna actividad o deporte, las instituciones religiosas, el bar, la liga de amas de casa de Bernal, etc. Por ejemplo, nosotros de pibes íbamos a jugar al futbol al campito de la Policía y había reglas que estaban ahí, establecidas, implícitas y que se cumplían o se hacían cumplir… por ejemplo, el que tiraba la pelota al techo de la comisaría tenía que ir a buscarla y bancarse, por burro, la curtida de los canas (saludos al CoflaDognich)… Muchas veces esta educación recibe el nombre de “sentido común”.

Continuando con la idea, la pregunta es: ¿le tenemos que pedir al Estado que nos enseñe que no hay tirar papeles en la calle? ¿O eso es algo que deberíamos aprender en nuestra casa, o en el club, y que la escuela solo debería reforzar? ¿Podemos desprendernos de todo y reclamarle al Estado que la escuela nos enseñe a sumar, a no ser violentos, a no mentir, a respetar al prójimo, a patear bien para no mandarla al techo de la policía, a reconocer los diferentes anexos tegumentarios?

Y ahora sí, llegamos al momento neurálgico de este artículo: ¿qué se le puede exigir al Estado en lo que a educación se refiere? Y ÉSTE es el punto que NUNCA hay que perder de vista: el Estado. Porque a un privado que me da un taller de zumba le puedo pedir que baje untoque el tempo porque se me sale el timo por la boca cual babosa envenenada. Pero el Estado somos todos y ese TODOS es mucho más amplio de lo que comúnmente percibimos. Es muy frecuente escuchar frases del tipo de “ah, pero todo el mundo piensa así, como yo…” y en realidad ese #todoElMundo es solamente nuestro entorno íntimo o cercano. Una persona por más sociable y viajada que sea durante toda su vida conoce alrededor de 2000 personas y logra relacionarse de manera intensa y profunda con 200 de ellas. Las redes sociales han ampliado levemente estas cifras pero, así y todo,esa cantidad no implica#todoElMundo en un país de más de 40 millones de personas (por más que vos “vivas en un termo” según tus amigos) y un mundo de más de 7K millones de seres humanos. Aunque la sensación real sea que #todoElMundo piensa o ve las cosas de una manera cercana a nosotros (“habitus”)debemos entender que esa percepción es un recorte que incluye, mal que nos pese, solamente a nuestro entorno cercano. Por lo tanto, lo que pretendemos de un Estado puede estar en contrapunto, en mayor o menor medida, con lo que pretenden millones de personas que integran el mismo Estado que nosotros con su propio #todoElMundo.

¿A dónde querés llegar entonces, Gerardo… eh? Sí, a veces me hablo así, como el Diego, en tercera persona, sobre todo cuando no me entiendo. Pero acá quiero volver a insistir una y mil veces con esto: ¿qué le podemos exigir al Estado en materia de educación formal?, esa educación que nos brinda un título que certifica nuestros saberes y habilidades ante el resto de la sociedad:¿le podemos pedir que los pibes sean felices, como algunas teorías sugieren? ¿Es deber del Estado, mediante la educación formal,lograr la felicidad de los estudiantes? Y sí, realmente estaría bueno, pero ¿hasta de esa responsabilidad nos queremos desprender nosotros como ciudadanos adultos, familias y otras instituciones y delegársela al Estado? O sea, ¿el Estado como garante de la felicidad del niño mediante el sistema educativo? Y en caso de que así fuera, al ser la felicidad un estado subjetivo, ¿cómo podríamos lograr cubrir las expectativas de miles y miles de estudiantes?

Obviamente que uno prefiere ver pibes felices y estudiando pero, como dice el filósofo Gregorio Luri: si me tengo que operar quiero un cirujano que sepa lo que hace. Después, si mientras me opera está feliz mucho mejor, pero no es algo de lo que dependa el éxito de mi operación.

Por otra parte, muy otra, hay personas que quieren que la educación formal prepare ciudadanos que se inserten exitosamente en el mercado laboral. Pero a la vez hay ciudadanos que salen corriendo ante esa idea y sugieren que se están creando más esclavos que reproducen el sistema. Todo esto en un marco de menos de 10 kilómetros a la redonda… no en Kuala Lumpur y Pujato. Por eso tenemos que discutirlo y mucho, porque es el Estado el que interviene. Y también hay gente que no quiere que a su hijo en la escuela, con la plata de sus impuestos, le enseñen a cuestionar ideas y desafiar autoridades preestablecidas dogmáticamente o a crear soluciones alternativas o a entender diversidades, sino que quiere que le enseñen a seguir reglas, resolver integrales, sacar porcentajes y respetar jerarquías. Y ponele que también alguna canción de Larralde si le toca una profe de música de tierra adentro.

Aquí aparece otra pregunta interesante: ¿podemos educar, desde el Estado que nos representa a todos, a chicos que salgan con una mentalidad cuestionadora, que rechacen las estructuras estructurantes y que intenten modificarlas, quizás no del todo, y que en vez de tener las herramientas para insertarse exitosamente en este sistema salgan con herramientas para discutirlo, ponerlo en duda y enfrentarlo, siendo de este modo parias de lo establecido? Para hacerlo más sencillo, ¿es justo educar desde el Estado a futuros “revolucionarios” para que cambien la sociedad (siempre con la sana voluntad de mejorarla según su mirada) sin haberles preguntado si ellos quieren serlo? ¿Si quieren tomar el costo social de no adaptarse e intentar un cambio? Y voy más allá en la pregunta:¿es justo pretender eso de ellos sin, antes, haberles preparado una sociedad que los reciba, los entienda y no los margine?

En principio parece que estuviera re-buenis esa idea pero creo que habría que pensarlo bastante más en profundidad. Porque es muy fácil desde nuestro lugar de ciudadanos comunes, insertados en el sistema de manera acorde a las reglas, elegir que las nuevas generaciones sean diferentes y no se adapten a lo que nosotros ya nos adaptamos y disfrutamos casi sin darnos cuenta, solo por el hecho de que quizás proyectemos en ellos nuestros deseos de rebeldía aletargados. Y obviamente que hay muchas personas que hoy no están ni integradas ni adaptadas a lo establecido, pero hacia ellos no van dirigidos estos cuestionamientos porque ellos no están en lugares de poder para influir en el debate y la decisión acerca de qué educación queremos que el Estado les brinde a los futuros ciudadanos de nuestro país.

Es tremendamente interesante la posibilidad de que un Estado prepare jóvenes pensantes, creativos, con lectura crítica de la realidad, que sepan superar adversidades y con herramientas que les permitan integrarse a la sociedad pero también con el espíritu y los conocimientos necesarios para modificarla según lo que ellos crean conveniente. Seres curiosos, inquietos, creativos y, sobretodo, solidarios.

De todos modos me pregunto… ¿puede un estudiante hoy, en pleno siglo XXI, terminar la escuela secundaria sin saber sacar porcentajes, sin comprender un texto o sin saber plasmar sus ideas en un papel correctamente?

De que no se tiren papelitos en la calle podemos encargarnos todos…

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*Gerardo Bortolotto: Analista en Recursos Humanos y estudiante del último año de la Licenciatura en Sociología. Colaborador del Blog Los no herederos: https://losnoherederos.wordpress.com/

Referencias bibliográficas:

http://www.abc.es/familia-padres-hijos/20150112/abci-educacion-felicidad-gregorioluri-201412231135.html

https://cienciaaldia.wordpress.com/2012/03/09/100-datos-de-una-vida-humana/

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