Etude_de_torse_2012Año 2007. Con una pregunta así me fui a presentar con Floreal Forni. Recuerdo que antes de llegar a su departamento, viajaba intentando dibujar un diálogo que estuviera a la altura, según creía, de un estudiante del doctorado de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, la respetada FLACSO. Mientras bajaba a la línea roja del subte que pararía en la estación Los Incas, balbuceaba respuestas. Una de ellas describía los modos de producción de conocimiento, las tan aprendidas perspectivas epistemológicas. La otra buscaba mostrar que yo estaba seguro del tipo de estrategia metodológica que se debía implementar para construir datos, y conocer cómo las personas de un enclave marginal habían logrado crear su propia economía.

Subí por las escaleras del subte y caminé por Avenida Triunvirato, mi cabeza continuaba buscando zonas estables para construir un diálogo que demostrara – me hablaba a mí mismo- lo que debía conversar un sociólogo. O sea, debía expresar la conjugación de las teorías y metodologías como algo normal y con naturalidad. Al cabo de cinco cuadras llegué al edificio.

“Dígame, ¿En qué puedo ayudarlo?”, señaló la voz de Floreal mientras mis ojos revisaban los títulos en inglés y francés de los libros que se ordenaban hasta el techo de un pequeño despacho. Me puse nervioso, no podía clasificarlo según sus lecturas, desde teología hasta economía, pasando por métodos de investigación y textos que trataban las formas de intervenir en la realidad, también estaba el estadio del Racing Club en miniatura y las fotos de unos niños. Debían ser sus nietos, pensé.

¿Cuénteme?, ¿Qué anda buscando? Volvió a decirme. Yo me incorporé, olvidé el parlamento prefabricado y me lance en un monologo desordenado, hablé de la población La Pincoya y de cómo yo representaba a sus habitantes gracias a los libros que había leído. Después de diez minutos nada más podía aportar. De hecho, había expuesto dos o tres preguntas de investigación y más de seis objetivos que, al tomarlos en serio, me conducían a dos o tres investigaciones distintas.

¿Tome estos libros y hágame un informe? Tiene un mes y después veremos, me dijo Floreal. Agarré tres libros de Teoría de Juegos y salí frustrado con mi presentación. Pasé tres semanas leyendo a Robert Axelrod e indagué sobre egoístas que deben cooperar, incluso conocí el “cultur-gen”, una categoría del evolucionismo darwinista. Entonces comencé a escribir y a distanciarme de lo que se me había encomendado, al cierre del informe la conclusión era la siguiente: no estoy de acuerdo con la existencia de un ethos egoísta en la cultura urbana popular, porque nada de eso es lo que yo veo en las calles de la población donde vivo como investigador social. Mandé el informe y estimé que había firmado el cierre de una (nunca) iniciada conversación teórica y metodológica.

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Al cabo de un mes nos volvimos a reunir. Leí su informe, ¿Qué piensa? -señaló Floreal-, recuerdo que dejé de lado las razones, los famosos enunciados protocolares y sus procedimientos. Entonces arremetí con el corazón: estamos lejos de conocer a las personas que están en el medio marginal urbano, sólo los hemos representado desde nuestra ignorancia, los nombramos como chorros, ladrones, vagos, alcohólicos, cesantes estructurales, lumpen proletario, pero yo he visto que ellos construyen su propia economía, sus beneficios monetarios permiten que sus hijos asistan a la escuela, hacen fiestas en Navidad, soportan cada herramienta aplicada por los sociólogos para volver a constatar que no tienen poder adquisitivo, que todavía son clase media baja, pobres o miserables pero amablemente vuelven a contestar, también se han tomado terrenos y construyen viviendas, canchas para deportes, templos donde adoran a sus dioses, hablan de los problemas de todos, se apoyan entre ellos cuando una casa se quema, hacen ollas comunes cuando las familias no tiene para comer, la calle se transforma con sus conversaciones, bordan arpilleras que narran sus historias, se enamoran. Ahí hay otro mundo Floral, otra vida que se me escapa con lo que usted me dio a leer y que no logro aprehender con lo que sé de teoría sociológica.

¡Yo seré su profesor guía! Dijo Forni y agregó, necesito que todos los meses me entregue reportes de campo, y luego recomendó: nosotros podemos conocer todo lo que la vida nos quiere mostrar pero somos nosotros los que decidimos qué es lo que debemos contar.

Año 2010, auditorio de FLACSO Argentina ¿Explíqueme las diferencias entre la construcción del valor que propone Marx y cómo es construido el valor en las organizaciones económicas de los pobladores que usted ha estudiado en la comuna de Huechuraba en Santiago de Chile? De inmediato las tres doctoras en Sociología, que hacían de jurado en mi examen de tesis de doctorado, se dieron vuelta para mirar cómo el Dr. Forni subrayaba la principal debilidad de mi arquitectura teórica, un silencio se instaló, comencé a describir mis supuestos, no lo de Marx ni los de los pobladores, sino los míos. Fue extraño, hablé lo que no podía haber escrito, a veces las palabras no captan el contenido denso de la interpretación, y sentí que ya no me arriesgaba sino que simplemente ligaba datos, rememoración y precisión en el uso de palabras en “coa” (un modo de habla entre pobladores) para abrir y penetrar más allá de la noción de mundo económico de Marx, apoyado en Apparudai. Posiblemente era otra representación de la realidad pero seguro que era una más próxima a la sociología que está en ese mundo de vida de los pobladores.  Así hablé de mi  pueblo con su reflexión sobre la economía. Así inicié un diálogo autónomo, apegado a datos y a experiencia científica.

La noche del 20 de mayo de 2016, Alejandro Pelfini me informó que Floreal Forni murió y mis imágenes vuelven a esa pregunta que comparto con el amable lector: ¿Qué es la sociología? Y puedo decir que esta manera de vivir el mundo es una actividad comunitaria, donde hay muchos caminos que se recorren para luego retroceder y volver sobre otros. En esos cursos de acción nos encontramos con personas que pasan a ser nuestros compañeros porque están atentos, como si ellos fueran nosotros. Florial Forni, con el tiempo, dejó de ser un compañero y pasó a ser un amigo en mi mundo intelectual y un hermano con el cual compartí la fe en las capacidades colecticas para transformar el orden jurídico y económico que oprime a las familias y comunidades de siempre.

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Santiago de Chile, en el triste mayo de 2016.

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