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La herejía es indispensable para comprobar la salud del dogma

José Carlos Mariátegui

 

1.  Neoliberalismo… ¿sobrevendido? Preliminares

 

La última edición de la revista oficial del Fondo Monetario Internacional (FMI): Finance & Development (Junio 2016), incluye un artículo, titulado suspicazmente: “Neoliberalism: oversold?” (traducido al español como: Neoliberalismo… un espejismo?). Ostry, Loungani y Furceri (2016), tres economistas pertenecientes a ese organismo, reconocen algunos secretos a voces que estratégicamente han sido omitidos por la ideología dominante.

Por ejemplo, la emergencia de la agenda neoliberal, la cual varios analistas han venido ubicando alrededor de la década de 1980s asociada a los gobiernos conservadores de Reagan y Thatcher había evitado vincular al neoliberalismo ab origine con el “milagro chileno”. A su manera, estos autores desmienten la pretendida epifanía planteada en su oportunidad por Milton Friedman.

Esta primera alusión resulta importante puesto que si bien no se reconoce explícitamente, permite seguir subrayando que la plataforma neoliberal irrumpió tempranamente en América Latina a través de los golpes de Estado, empezando por el asestado al gobierno socialista democráticamente elegido de Salvador Allende, y la dictadura cívico-militar que impuso Pinochet en el marco del Plan Cóndor auspiciado por los Estados Unidos, según lo han ratificado los documentos desclasificados por este mismo gobierno. Este “modelo” después de haber sido decretado manu militari en la región, fue imitado en Inglaterra y los Estados Unidos, y más tarde desplegado a nivel global, en varias ocasiones siguiendo su mecanismo inaugural: a sangre y fuego (cuestión crucial que se omite nuevamente).

 

En todo caso, esta declaración fondomonetarista abre de nuevo la oportunidad para seguir subrayando la naturaleza inherentemente autoritaria y antidemocrática del neoliberalismo desde su mismo estreno, hasta los tiempos presentes. El documento destaca además que, si bien la agenda neoliberal habría traído “beneficios” para el mundo contemporáneo −según los autores, mayores tasas de crecimiento y competencia internacionales; limitaciones a los Estados que desgobernaban sus sociedades abusando del déficit fiscal; la expansión del comercio global, de la cual afirman los autores “rescató” a millones de personas de la pobreza (¡nunca lo demuestran!); la transferencia de tecnología hacia los países en desarrollo; y, mejoras en la eficiencia en la provisión de servicios, entre otras tantas virtudes−, existirían tres promesas incumplidas por el neoliberalismo que pueden resumirse así:

 

  • Los beneficios en términos del crecimiento económico son bastante difíciles de establecer cuando se observan un número amplio de países.
  • Los costos en términos de una creciente desigualdad son prominentes. Tales costos reflejan la ‘contrapartida’ entre los efectos del crecimiento y la desigualdad de varios aspectos de la agenda
  • La creciente desigualdad a su vez afecta (negativamente) el nivel y la sustentabilidad del crecimiento. Incluso si el crecimiento es el único o el principal propósito de la agenda neoliberal, la defensa de tal agenda aún necesita prestar atención a los efectos

 

Las reacciones no se hicieron esperar. Para el Financial Times la publicación ha sido un “inapropiado mea culpa del neoliberalismo” –así se lee literalmente en una editorial dedicada a este artículo−, puesto que esas ideas auxilian “(…) regímenes opresivos en todo el mundo que se posicionan como cruzados contra el neoliberalismo, subyugando a su población con medidas económicas ineficaces”. Otros comentaristas, en cambio, dicen estar sorprendidos que desde las entrañas del FMI se haya criticado la orientación ideológica, política y económica defendida dogmáticamente por ese organismo durante décadas: el neoliberalismo.

 

Entre el calidoscopio de las reacciones, por ejemplo, Dani Rodrik afirmó: “¿Qué demonios está pasando?… El FMI se une a las críticas al neoliberalismo”. Por su parte, Naomi Klein (autora del best-seller: “La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, 2008), se preguntó: “el FMI admite que el neoliberalismo es un fracaso, ahora todos los multimillonarios que ha ayudado a crear van a devolver su dinero, ¿verdad?[1]. Pero, ¿qué tan cierto es que el FMI “se une” a las críticas al neoliberalismo? ¿Cuáles son los alcances y el significado ideológico y práctico de estas “críticas”?

 

De entrada hay que matizar las extrañezas advirtiendo que situaciones como las propiciadas por el artículo de Ostry et alter y algunos comentaristas, no son nuevas ni inéditas. Hacen parte de la tendencia más reciente y actual del discurso hegemónico, el cual pretende seguir reforzando la continuidad del capitalismo neoliberal aunque bajo una “nueva síntesis”, una versión de nuevo cuño. Este giro en las prácticas discursivas hegemónicas desde posiciones consideradas “dogmáticas” y “fundamentalistas” de mercado hacia otras perspectivas neoliberales en las cuales el mercado es fundamental, recientemente han sido denominadas de varias maneras: (neo)liberalismo regulado (Watkins 2010), nuevo neoliberalismo (Puello-Socarrás 2008a y Puello-Socarrás et alt. 2015)[2].

 

Aunque estos acontecimientos no son signos que alertan sobre un cambio de época y de rupturas, sí evidencian una época de cambios al interior del neoliberalismo que debe ser subrayada, teórica y políticamente, con el objetivo de reorganizar las fuerzas social-populares y retomar las praxis auténticamente contra el neoliberalismo.

 

Después de varios años de ser demostrativas −en frecuencias e intensidades−, especialmente en NuestrAmérica, las resistencias sociales y populares lograron posicionar regionalmente una perspectiva de contestación política frente al neoliberalismo. Incluso, los primeros años del siglo XXI llegaron a elevar tanto horizontes anticapitalistas como formas alternas-y-nativas, alternativas al desarrollo neoliberal: v.gr. post-desarrollismos (véase Escobar, 2005 y Quijano, 2014); paradigmas civilizatorios del Buen-vivir-Bien como suma qamaña, summa kawsay, ñande reko (véase Yampara & Temple, 2008); “socialismos raizales” (véase Fals-Borda, 2013). Sin embargo, este movimiento de alternativas parece hoy ponerse entre paréntesis, entre varias razones, por inadvertir las influencias que ejercen esta clase de operaciones ideológicas hegemónicas.

 

2.  Críticas neoliberales al Neoliberalismo: tesis y evidencias

 

Tesis #1. Lejos de verificar el “final de sus finales”, como fue anticipado errónea y precipitadamente –al decir de Harvey (2004)–, por “agoreras predicciones” desde distintos oráculos entusiastas realizados por distintos sectores, hoy nuevamente exacerbados con ocasión del artículo de Ostry et alter[3], y a pesar de debatirse en una crisis sin precedentes que cuestiona fuertemente sus fundamentos históricos en diferentes dimensiones (una de ellas: la ideológica), el neoliberalismo ni se desvanece ni se debilita. En contraste: el neoliberalismo continúa profundizándose globalmente y se consolida como el proyecto económico político del capitalismo tardío, hoy actualmente vigente.

 

La construcción de una sociedad de mercado (no sólo de una “economía”, dos cosas distintas) a nivel planetario continúa siendo la (contra)utopía de las élites mundiales. Como muestra Mirowski (2013), la crisis capitalista mundial en curso y los últimos shocks (v.gr. financiero, socio-ambiental, trayendo a colación únicamente dos de ellos), antes que servir para debilitar socialmente o falsear en lo ideológico la vigencia del neoliberalismo, paradójicamente han reforzado su persistencia.

 

Le asiste la razón a Slavoj Žižek (2003, 7) cuando señala que para la mayoría de la gente común: “Hoy… parece más fácil imaginar el ‘fin del Mundo’ que un cambio mucho más modesto en el modo de producción, como si el capitalismo liberal fuera lo ‘real’ que de algún modo sobrevivirá, incluso bajo una catástrofe ecológica global”.

 

Esta (contra)utopía se encuentra hoy en firme y proyectándose. Varios dispositivos concretos como los Tratados de Libre Comercio de última generación: Trans-Atlántico (EE.UU. + Unión Europea) o Trans-Pacífico (EE.UU. + 11 países pertenecientes a la Cuenca del Océano Pacífico) o, instancias subordinadas a estos acuerdos como la Alianza del Pacífico, son ilustrativos de este hecho.

 

Tesis #2. Hoy y ayer, las (supuestas) críticas al neoliberalismo, sobre todo aquellas que provienen desde lugares de enunciación indudablemente hegemónicos, como el FMI (el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, más recientemente, el Foro Económico Mundial), no son críticas en el sentido de pretender modificar, menos aún intentar superar, el actual estado de cosas. Ciertamente, este neoliberalismo crítico del neoliberalismo, ni siquiera pretende impugnar los efectos que él mismo ha causado en el pasado, acertadamente descritos como holocausto social (Max-Neef 2015). Este tipo de sagaces diatribas hay que interpretarlas como estrategias discursivas resilientes desde el interior del neoliberalismo, una forma de regenerar −al decir de F. Bergsten (2011)− su “maltrecha imagen”, tanto en el sentido ideológico como práctico[4].

 

Tres argumentos claves permiten confirmar la tendencia comentada en la anterior tesis.

2.1. Desde el shock financiero global (2007-2008) se han exacerbado las críticas al libre mercado. ¡Incluyendo las “críticas” al neoliberalismo hechas por los mismos neoliberales!

 

En tiempos recientes, no hay líder en el mundo que pertenezca a las potencias globales, norteamericanas o europeas, o provenga de las élites desde los mal-llamados países emergentes o las naciones consideradas sub-desarrolladas, que no se haya pronunciado “en contra” del neoliberalismo. Por supuesto, esta astucia ha sido característica entre aquellos que han promovido dogmática y  obedientemente  la agenda económica  y  el proyecto sociopolítico neoliberales en el pasado. Algunos ejemplos sobre este particular resultan paradigmáticos.

 

Para Peer Steinbrück, Ministro de Finanzas de Alemania (2005-2009): “El capitalismo de laissez-faire” y la idea de que “los mercados deberían ser liberados de la regulación tanto como fuera posible son argumentos errados y peligrosos” (EUObserver, 26 septiembre 2008). Los mercados financieros globales se habían convertido en “monstruos”, proponía Steinbrück, siguiendo un apelativo antes enunciado por Horst Köhler, antiguo ¡director gerente del FMI! (2000- 2004) cuando oficiaba como Presidente de la República Federal Alemana. Ante ello, se precisaba “civilizar” a los mercados, a través de “la decidida acción de los gobiernos” o, en palabras de Köhler (Financial Times, mayo 15 2008), mediante “una mayor regulación”.

 

La idea de un mercado libre pero “civilizado” fue replicada en simultáneo por otro alemán: Joseph Ratzinger (Papa Benedicto XVI) en la Carta Encíclica: Caritas in Veritate (2009). Hoy es un pronunciamiento insistente en las exhortaciones supuestamente contra el neoliberalismo, por parte del argentino Jorge Bergoglio, actual Papa Francisco. Las controversias, en este sentido, han tenido que ser aclaradas públicamente por el Vaticano, a través de su mano derecha, el cardenal Reinhard Marx. Esta línea discursiva, el catoneoliberalismo (véase Puello-Socarrás 2015 y 2014a) resulta ser una de las expresiones más diáfanas sobre las pretensiones del neoliberalismo crítico del neoliberalismo: recrear una Economía Social de Mercado (ESM) a nivel global, derrotero en cual coinciden contemporáneamente el Vaticano y la canciller alemana Ángela Merkel e históricamente, con Milton Friedman y Augusto Pinochet.

 

Gordon Brown, ex Primer Ministro Británico, proponía que el año 2008: “finalmente marcaba el final de la vieja época del dogma del libre mercado desenfrenado”. Nicolás Sarkozy, reconocido promotor de las ideas neoliberales, fungiendo como Presidente de Francia sentenciaba también: “(…) la idea del mercado omnipotente sin reglas ni intervención política es descabellada. La autorregulación se acabó. El laissez-faire se acabó. La omnipotencia del mercado que siempre tiene la razón, se acabó” (Liberation, 26 septembre 2008). Mientras que su compatriota, Dominique Strauss-Kahn (2011), en la época en que servía como !Director Gerente del FMI!, durante una conferencia en Washington, silenciaba un auditorio sosteniendo que la bitácora fondomonetarista desde los años 1990s: “El Consenso de Washington pertenec[ía] al pasado”.

 

Barack Obama inauguró su mandato presidencial en los EE.UU., diciendo:

 

La pregunta que hay ante nosotros no es si el mercado es una fuerza benéfica o enferma. Su poder para generar riqueza y ampliar la libertad resulta incomparable. Pero esta crisis nos ha recordado que sin un ojo vigilante, el mercado puede salirse de control (Discurso de posesión presidencial, 2008)

 

Al mismo tiempo que el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz aseguraba:

 

El programa de la globalización ha estado estrechamente ligado a los fundamentalistas del mercado: la ideología de los mercados libres y de la liberalización financiera. En esta crisis, observamos que las instituciones más basadas en el mercado de la economía más basada en el mercado se vienen abajo y corren a pedir la ayuda del Estado. Todo el mundo dirá ahora que éste es el final del fundamentalismo del mercado. En este sentido, la crisis de Wall Street es para el fundamentalismo del mercado lo que la caída del muro de Berlín fue para el comunismo: le dice al mundo que este modo de organización económica resulta insostenible. Al final, dicen todos, ese modelo no funciona [énfasis propio] (El País, 21 de septiembre de 2008).

 

El cientista político norteamericano Francis Fukuyama quien un par de décadas atrás había sentenciado El fin de la Historia (¡de la humanidad!) bajo el capitalismo neoliberal y sus instituciones, proponía taxativamente, ese mismo año:

 

(…) cierta versión de capitalismo ha colapsado… Entre 2002 y 2007 mientras el mundo disfrutaba un período de crecimiento económico sin precedentes, era fácil ignorar a esos socialistas europeos y populistas latinoamericanos que denunciaban el modelo usamericano como “capitalismo de vaqueros“. Pero ahora que el motor de ese crecimiento, la economía norteamericana, se ha descarrilado y amenaza hundir al resto del mundo con ello. Peor, el culpable es el modelo Americano mismo: bajo el mantra de menos gobierno…” [énfasis propio; cursivas no pertenecen al texto]. (‘The End of American Inc.’, The Economist, 3 octubre de 2008).

 

En este itinerario de relatos, no hay que dejar de señalar que desde América Latina y el Caribe, laboratorio de resistencias donde se desplegaron las luchas más determinantes contra el neoliberalismo durante el cambio de milenio, varios gobiernos se hicieron al mote del “capitalismo (en) serio”, convergiendo con la impronta de las prácticas discursivas de los países centrales que antes consignábamos.

 

Precozmente en 2003, el extinto presidente de Argentina, Néstor Kirchner explicaba ante la Bolsa de Comercio de Buenos Aires:

 

El plan es construir en nuestra patria un capitalismo en serio, con reglas claras en las que el Estado juegue su rol inteligentemente para regular, para controlar, para hacerse presente donde haga falta mitigar los males que el mercado no repara, poniendo un equilibrio en la sociedad que permita el normal funcionamiento del país (Kirchner, 2003).

 

Como antesala a las reuniones del G-20 en 2011, en la Cumbre paralela al G-20, llamada B-20 (congreso de empresarios), realizado en Cannes (Francia), su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, presidente en ejercicio, insistía por enésima vez:

 

Lo que estoy proponiendo es volver al capitalismo en serio, porque esto que estamos viviendo, señores, no es capitalismo. Esto es un anarco-capitalismo financiero total, donde nadie controla a nadie” [énfasis propio] (Clarín 3/11/2011).

 

Este lema encontró afinidades tanto con la versión uruguaya, muchas veces remarcada por ex presidente de la República José ‘Pepe’ Mujica (véase Percy 2015)[5]; como con el neo-liberal-desarrollismo del Partido de Los Trabajadores brasileño durante los gobiernos de Luiz Inácio ‘Lula’ Da Silva y Dilma Rousseff (véase Iasi , 2012).

 

En esos momentos, muchas personas pudieron reaccionar desprevenidamente de la misma manera en que lo hizo Rodrik y decir: “¿Qué diablos está pasando? Reconocidos neoliberales ¡se critican así mismos!”. Y de ahí pudieron surgir las más variadas especulaciones sobre hipotéticos mea culpa, arrepentimientos o supuestos actos de contrición.

 

Todas estas declaraciones, no obstante, se entienden en su justa proporción y real dimensión cuando se revelan los auténticos propósitos que las animan:

a) Regenerar la “maltrecha imagen” del capitalismo neoliberal, presentándolo ahora en una versión menos fundamentalista (dogmática). Para ello ha sido preciso realizar una crítica al mercado “desenfrenado”, “anárquico”, “desregulado”, “monstruoso”, pero al mismo tiempo, avalando la existencia de otra (supuesta) cara del Mercado “con límites”, “serio”, “regulado”, “civilizado”,

b) Alejarse del perfil ab origine del neoliberalismo promoviendo su continuidad bajo una versión de “tercera vía”, en la cual los llamados a la regulación estatal (o gubernamental), resultan cruciales. Estas invocaciones niegan firmemente toda posibilidad de convalidar el intervencionismo de Estado (a la Keynes) o las modalidades de Planificación estatal (Socialista), reafirmando también el reconocimiento neoliberal según el Mercado ni es omnipotente ni perfecto; no obstante, sigue intacta la convicción que el Mercado debe ser el criterio ordenador omnipresente y (re)productor de la totalidad de las dinámicas sociales −no sólo en cuestiones de economía, como suele pensarse−, a pesar de la competencia imperfecta que hoy se acepta en las lógicas de mercado[6].

 

Ambas situaciones, últimamente, han sido reiteradas tanto en los discursos como en las prácticas en medio del tránsito global, desde el neoliberalismo desregulado del pasado (el modelo angloamericano) hacia el (nuevo) neoliberalismo regulado del presente[7].

 

Este giro se encuentra respaldado ideológica y teóricamente por versiones menos fundamentalistas del neoliberalismo histórico, alejadas precisamente del “modelo (anglo)americano” −tal y como lo sugieren Fukuyama y también lo recalca Stiglitz, como se verá más adelante−, más próximos a los fundamentos heterodoxos de raigambre austro- alemán, entre ellos la economía social de mercado, los cuales podrían resumirse sintéticamente alrededor de dos lemas básicos: i) Freie Wirtschaft, starker Staat (“Economía libre, Estado fuerte”); y, ii) So viel Markt wie möglich; so viel Staat wie nötig (“tanto Mercado como sea posible, tanto Estado hasta donde sea necesario”) (véase Puello- Socarrás 2008a y 2015a).

 

Y es que no hay que olvidar que el proyecto neoliberal de largo plazo, es decir, más allá de las coyunturas propias de su auge y evolución tempranas –si se quiere, las fases de ‘choque’, identificadas con aquella versión fundamentalista más dogmática, a lo cual Klein (2007) llamó: la doctrina del shock−, se concibió alrededor de una Economía Social de Mercado (ESM), la cual tuvo como laboratorio in vivo ab origine ¡Chile en tiempos de Pinochet!, como quedó registrado en uno de los tantos intercambios epistolares entre el dictador austral y el pater putative del neoliberalismo, Milton Friedman:

 

El problema económico fundamental de Chile tiene claramente dos aristas: la inflación y la promoción de una saludable economía social de mercado (…) El mayor error, en mi opinión – plantea Friedman -, fue concebir al Estado como el solucionador de todos los problemas, de creer que es posible administrar bien el dinero ajeno. [énfasis propio; cursivas no pertenecen al texto] (Friedman 1998, 591: Carta al “Excmo. Sr. Augusto Pinochet Ugarte”, 21 de abril de 1975).

2.2. Operadores (intelectuales) en construcción (del nuevo neoliberalismo)

 

Al día de hoy, existe un contingente emergente, pero relativamente consolidado de neoliberales críticos del neoliberalismo. Desde variados locus individuales y colectivos: organizaciones multilaterales (¡entre ellas el Fondo Monetario Internacional!), centros de investigación, universidades, think tanks y, especialmente, personalidades mundialmente publicitadas, los denominados (nuevos) money-doctors – o “profetas de la economía”; aunque aquí preferimos seguir la caracterización hecha por John Perkins: Economic hit-men (2006) –, las operaciones para la regeneración ideológica del neoliberalismo tardío avanzan sin titubeos.

 

El análisis sobre los ámbitos académicos e intelectuales, hoy (progresivamente) hegemónicos, es una oportunidad para comprender y explicar este acontecimiento. Estos lugares de enunciación y producción inmateriales se constituyen en piezas claves dentro de la alienación ideológica, es decir: los procesos de ocultamiento sistemático de las contradicciones del capitalismo de época. En su fase actual: la neoliberal, en la cual los desajustes y conflictos socioeconómicos se exacerban (v.gr. los niveles de desigualdad, pobreza, pauperización, etc.), la mistificación y el fetichismo ideológicos resultan conditio sine qua non para la reproducción del sistema como un todo.

 

La alienación actual puede ser ejemplificada a partir de los roles que han venido jugando contemporáneamente ciertos perfiles intelectuales, especialmente, los premios nobel en economía contemporáneos. Sus actuaciones no sólo influyen sobre los campos de pensamiento en abstracto en las universidades, comunidades epistémicas o en los imaginarios de la opinión pública. Son una de las mediaciones ideológicas cruciales con efectos reales y concretos en distintas orientaciones institucionales: referenciales e instrumentos en el terreno de las políticas públicas, económicas; diseños organizacionales, etc.

 

Algunos casos son demostrativos de lo que hemos venido argumentando. Elinor Ostrom, primer mujer en ganar el premio nobel en economía en 2009 y politóloga usamericana crítica de la ortodoxia neoclásica (especialmente del homo economicus) es, a su vez, una de las principales promotoras de las teorías del emprendimiento y el homo redemptoris, ¡argumentos desarrollados originalmente por los neoliberales austriacos!

 

El Gobierno de los bienes comunes (Ostrom 2011), inspirado en las teorías de F.A. Hayek –recordemos, bautizado como el padre del neoliberalismo–, ha ganado difusión y gran aceptación, incluso entre sectores de la izquierda académica en América Latina. Esto aun cuando los planteamientos de Ostrom proponen una forma tan inédita como velada de gobernanza o “gestión privada de lo común” (es decir, la mercantilización de los territorios y bienes comunitarios), a través de la construcción de (nuevas) esferas “público-privadas”: espacios sociales que funcionan a partir de lógicas de mercado, pero respaldados y, sobre todo, “regulados” por el Estado.

 

Por esta razón, varios autores no han dudado en destacar que la propuesta teórica de Ostrom insiste en desarrollar una concepción de “lo común” sin comunidad, es decir: sin lazos comunales (Federici & Caffentzis 2013). Sea vía negación o destrucción de lo comunal, esta clase de gobernanza para los bienes comunes reforzaría un tipo   de neoliberalismo contemporáneo aplicado a estos ámbitos[8] (véase Harvey 2013, 28 y 131; Puello-Socarrás 2012, 2015c).

 

Por otra parte, el francés Jean Tirole, doctor en economía del Massachusetts Institute of Technology (MIT) estadunidense y galardonado en 2014, refuerza en otros temas la misma línea discursiva de Ostrom. Tirole ha venido convocando la construcción de un neoliberalismo “regulado” como forma para regenerar la dinámica neoliberal de los mercados en medio de la crisis capitalista hoy vigente:

 

La economía de mercado ha sido y será el motor de crecimiento y de bienestar de las naciones. Pero para funcionar bien, la economía de mercado necesita de regulación para paliar ciertas fallas de mercado y restablecer una buena responsabilización [sic] de los actores económicos (La Dépêche, diciembre de 2008).

 

Para que la competencia florezca –plantea Tirole– resulta fundamental que existan reglas de juego claras y reguladores independientes pues “sin un regulador fuerte, no hay liberalización eficaz” (Tirole, 2005), advirtiendo que las acciones estatales o gubernamentales sobre los mercados (la regulación) deben evitar ser permanentes. Solo se justifican momentáneamente, y “en caso” que los mercados fallen, es decir: no funcionen correctamente.

 

Por su parte, el académico-tecnócrata Joseph Stiglitz –también premio nobel de economía en 2001– personifica paradigmáticamente el tipo de operativos ideológicos a los cuales nos estamos refiriendo. Desde hace varios años, Stiglitz ha sido posicionado entre la opinión pública estadounidense y mundial como un “crítico del neoliberalismo”.

 

Autor del Consenso Post-Washington (Stiglitz, 1998), propuesta que publicitariamente se postuló a contracorriente del Consenso de Washington (decálogo de políticas que simplemente es una de las tantas expresiones del proyecto neoliberal, cuestiones distintas en grado y magnitud), Stiglitz en realidad continuó reafirmando, con algunos matices, la preeminencia de las lógicas de mercado, en la misma línea argumentativa de sus pensamientos y actuaciones más recientes. Hay que reconocer que el zigzagueo discursivo de Stiglitz y su manera para presentar ciertos temas ante públicos no especializados tienden a confundir.

 

Por ejemplo, Stiglitz es reconocido como uno de los más crudos opositores de los Acuerdos de libre comercio: Trans-Atlántico y Trans-Pacífico que adelanta el gobierno de su país, los cuales no duda de calificar como “farsa”, porque en su opinión estos acuerdos comerciales “(…) colocan habitualmente los intereses comerciales por encima de otros valores… [que] no deben ser negociables” (Stiglitz, J. “La farsa del libre comercio”, El Espectador, 13 de julio de 2013).

 

A primera vista, esta posición podría parecer justamente una crítica; sin embargo, el mismo autor, aclara:

 

Si los negociadores crearan un régimen de libre comercio auténtico, en el que se concediera a las opiniones de los ciudadanos de a pie al menos tanta importancia como a las de los grupos de presión empresariales, podría sentirme optimista, en el sentido de que el resultado fortalecería la economía y mejoraría el bienestar social. Sin embargo, la realidad es que tenemos un régimen de comercio dirigido, que coloca por delante los intereses empresariales, y un proceso de negociaciones que no es democrático ni transparente [énfasis propio] (Stiglitz, J. “La farsa del libre comercio”, El Espectador, 13 de julio de 2013).

 

Tal y como reza un refrán anglosajón: el diablo está en los detalles. Aquí las críticas realizadas al régimen de libre comercio “dirigido”, la farsa, son para reclamar la necesidad de una versión “auténtica”, un libre mercado puro. Stiglitz en otras oportunidades ha reafirmado esta cofradía con los postulados del neoliberalismo heterodoxo (“la segunda escuela”, según sus palabras), a través de sus críticas a la ortodoxia neoliberal (“la primera escuela” que él considera heredera de Adam Smith), pero exclusivamente para relegitimar el proyecto neoliberal del capitalismo de mercado:

 

Durante 200 años, ha habido dos escuelas de pensamiento sobre qué es lo que determina la distribución de los ingresos –y sobre cómo funciona la economía. Una, que surge de los pensamientos de Adam Smith y los economistas liberales del siglo XIX, se centra en los mercados competitivos. La otra — consciente de la forma como el liberalismo de Smith conduce a una rápida concentración de la riqueza y el ingreso— toma como punto de partida la tendencia sin restricciones que tienen los mercados para dirigirse hacia el monopolio. Es importante entender ambas escuelas debido a que nuestros puntos de vista sobre las políticas gubernamentales y las desigualdades existentes se moldean según cuál de las dos escuelas de pensamiento cada uno de nosotros cree que es la que proporciona una mejor descripción de la realidad [énfasis propio] (Stiglitz, J. “La nueva era del monopolio”, El Espectador, 27 de mayo de 2016).

 

 

Precisamente, en una entrevista concedida al Nuevo Herald, Stiglitz testificó, en una línea ideológica idéntica a la registrada anteriormente en Francis Fukuyama:

 

Soy un crítico de la manera en que se han implementado ciertas versiones del capitalismo… Creo que el capitalismo irrestricto, la desregulación que fue uno de los ejes del capitalismo norteamericano desde el principio de la presidencia de Reagan, es una era que ha llegado a su fin… (El Nuevo Herald entrevista reproducida por El Colombiano, “Los consejos de Joseph Stiglitz“, 22 de agosto de 2009).

 

Complementando enseguida:

 

En rigor, Estados Unidos no tiene lo que podría llamarse un sistema capitalista puro: hemos estado socializando las pérdidas y privatizando las ganancias. Tenemos toda clase de intervención gubernamental, pero desafortunadamente, se trata en general de una intervención destinada a ayudar al sector bancario, a las empresas farmacéuticas, a diversos intereses especiales. Es una suerte de sistema de beneficencia para las corporaciones. De manera que lo que realmente he defendido es una forma más pura de economía de mercado, que no centre su protección en las empresas, sino en la gente. [énfasis propio] (El Nuevo Herald entrevista reproducida por El Colombiano, “Los consejos de Joseph Stiglitz“, 22 de agosto de 2009).

 

En síntesis, convergiendo con el Vaticano, Merkel, Friedman y Pinochet, Stiglitz se inscribe también en la misma línea de argumentación propia de las corrientes neoliberales heterodoxas, las cuales han criticado férreamente la desregulación y el libertinaje de los mercados −recordemos los adjetivos: monstruoso, desenfrenado, sin límites−, tanto como el poder de los monopolios. Este pensamiento neoliberal crítico del neoliberalismo defiende la presencia estatal en función de una economía “regulada” (aunque no dirigida, dos cuestiones distintas), como presupuesto económico político para garantizar la máxima libertad (“genuina”) de los mercados[9].

 

Estos discursos han encontrado su correlativo en expresiones cada vez más sofisticadas en las teorías económicas contemporáneas, más puntualmente: las corrientes de la nueva síntesis neoclásica-keynesiana (véase Puello-Socarrás 2008a), también autoproclamados: los nuevos keynesianos.

 

El rol intelectual, ideológico y tecnocrático que vienen jugando teorías emergentes de este tipo ha sido fundamental para reforzar –esta vez en el campo académico– las críticas neoliberales al neoliberalismo. Esta última denominación y las abusivas alusiones a Keynes no deben confundir. Las verdaderas convicciones de este Frankenstein teórico – “keynesianismo bastardo” como alguna vez Joan Robinson (1962) calificó la primera síntesis neoclásica del premio nobel en economía, J. Hicks en los 1930s, difundida a la postre por P. Samuelson– comparecen plenamente y se refuerzan con el nuevo ideario neoliberal:

 

(…) lo que diferencia a esta síntesis de la síntesis neoclásica de la primera posguerra es que sus rasgos neoclásicos son todavía más acentuados, debido a que incorporan la mayor parte de los desarrollos teóricos monetaristas y nuevos clásicos… [citando a Argadoña, Gamez y Mochón, se añade] “los nuevos keynesianos no tienen diferencias a fondo con los nuevos clásicos… en cuanto que el origen de las rigideces se busca no en factores institucionales o sociológicos, sino en la competencia imperfecta de los mercados…”. (Astarita, 2008, p. 199).

2.3. ¿Hasta ahora se extrañan de las críticas neoliberales al neoliberalismo? ¡Si desde hace varios años es la visión política oficial del FMI!

 

Extrañarse por el contenido del artículo de los fondomonetaristas Ostry et alter, como pretende simular D. Rodrik –quien es otro ejemplo de los operadores neoliberales críticos del neoliberalismo– resulta al final simplemente un acto de entusiasta suspicacia.

 

Desde febrero de 2010, a través de una Nota del FMI: Repensar la política macroeconómica, documento que abriga las posiciones de su staff, liderado por los nuevos keynesianos, principalmente: Oliver Blanchard, se establecieron los principios generales del “nuevo marco” para la política macroeconómica, con el objetivo de enfrentar la crisis en el corto, el mediano y el largo plazo.

 

Allí se inauguraron y oficializaron las nuevas críticas fondomonetaristas al considerado hoy “viejo neoliberalismo”, en la forma en que ya hemos comentado este tránsito[10].

 

Intentando presentarlos como un acto de contrición respecto al pensamiento convencional mantenido hasta ese momento por el FMI, esta nota proponía la “revisión” de sus axiomas centrales, la conocida dogmática neoliberal y el “consenso (intelectual y práctico) pre-crisis” en donde el entusiasmo orientador había sido la desregulación.

 

El FMI seguía sosteniendo que, sin embargo, el pensamiento y el conjunto de axiomas previos a la crisis habían sido “efectivos y correctos”, puesto que, desde mediados de la década del 2000, “no era insensato pensar que una mejor política macroeconómica podría llevar (…) hacia una mayor estabilidad macroeconómica”. Pero “entonces llegó la crisis”, haciendo que esas opciones de política – plantean – se mostraron inefectivas e incapaces de gestionar los desafíos emergentes (Blanchard et alt 2010).

 

Desde ahora la palabra clave y salvadora sería: regulación[11] (recordemos a J. Tirole); subsidiariamente su correlato: gobernanza[12] (no olvidemos E. Ostrom). Este revisionismo fondomonetarista se ha intentado difundir y consolidar a partir de varias publicaciones y eventos auspiciados por y desde el FMI.

 

Entre los principales se destacan: a) Staff discussion note (abril 2013) a cargo de Olivier Blanchard, Giovanni Dell’Ariccia y Paolo Mauro: “Rethinking Macro Policy II: Getting Granular” (Blanchard et al. 2013), publicación que continúa con las conferencias inauguradas en 2011 (Macro and Growth Policies in the Wake of the Crisis) y que serán tituladas con el mismo objetivo de “repensar” la política macroeconómica: i) First steps and early lessons (2013)[13] y ii) Progress or confusion (2015), lugares donde asisten habitualmente, desde luego, los directores del Fondo Monetario Internacional (en su momento Dominique Strauss-Kahn; hoy: Christine Lagarde), el Consejero Económico y director de investigaciones del FMI: Olivier Blanchard, al lado de personalidades de los mundos tecnocrático y académico –en su absoluta mayoría estadunidenses–, comprometidos directa o indirectamente con el Fondo[14].

 

Todos estos lugares de enunciación han sido claves para el reforzamiento del giro ideológico en materia de política macroeconómica en el pensamiento neoliberal y que, en lo fundamental, desarrollan las principales ideas e instrumentos presentados tempranamente en Rethinking macroeconomic policy (Blanchard et alt 2010).

 

El antiguo credo fondomonetarista entonces ha visto la necesidad de aprender de esta crisis –la más espectacular en la historia del capitalismo–, y revisar sus presupuestos teóricos y prácticos en lo que se considera ahora una primicia. Este giro empero no pretende extralimitar el statu quo neoliberal, hoy vigente, pero sí propone una versión de nuevo cuño, una síntesis supuestamente novedosa, léase: un neoliberalismo regulado por el Estado[15].

 

Este cambio obliga a matizar algunos elementos pertenecientes al programa específico de políticas (nivel instrumental en lo económico y/o social), pero nunca se propone transformar el proyecto político neoliberal –horizonte articulado en torno a la (contra)utopía sobre una futura sociedad de mercado y que se ha materializado a través del paradigma del desarrollo) –, dos cuestiones diferentes.

 

Si se interpreta que el neoliberalismo-ortodoxo-fondomonetarista del pasado reciente se transforma en alguna otra cosa distinta por el simple acto de “paliar” –como proponía Tirole–, la utilización de los instrumentos de la política macroeconómica (como es el caso de los estabilizadores automáticos), no se puede aludir ni mucho menos justificar metamorfosis alguna que no sea al interior del neoliberalismo mismo[16].

 

Al final de cuentas y a propósito de las herejías de Ostry et alter, el propio FMI, a través de su economista jefe: Maury Obstfeld, ha salido a aclarar esta situación en un boletín titulado con cuidadosa precisión: “Evolución, no revolución: replanteamiento de la política en el FMI”:

 

El FMI desde hace mucho tiempo procura aprovechar las experiencias concretas en el terreno y las nuevas investigaciones para hacer más eficaz su supervisión económica, su asistencia técnica y la forma en que responde a las crisis. (…) Ese proceso no ha alterado fundamentalmente la esencia de nuestro enfoque, que se basa en mercados abiertos y competitivos, marcos robustos de política macroeconómica, estabilidad financiera e instituciones sólidas. Pero sí ha aportado importante información sobre cuál es la mejor forma de alcanzar esos resultados de una manera sostenible. [énfasis propio] (Obstfeld, 2016).

 

3.  Las Herejías neoliberales, no son blasfemias (contra el neoliberalismo). Liminar

 

Pierre Bourdieu, tanto como José Carlos Mariátegui, han contribuido en la interpretación correcta del significado de la herejía, la crítica hereje. Esta rectificación es útil a la hora de dar cuenta de los cambios en el neoliberalismo y fundamental para interpretar su versión de nuevo cuño que se pretende consolidar hoy:

 

(…) La herejía, la heterodoxia, como ruptura crítica, que está́ a menudo ligada a la crisis, junto con la doxa, es la que obliga a los dominantes a salir de su silencio y les impone la obligación de producir el discurso defensivo de la ortodoxia, un pensamiento derecho y de derechas que trata de restaurar un equivalente de la adhesión silenciosa de la doxa (…) la subversión herética afirma ser un retorno a los oriǵ enes, al espiŕ itu, a la verdad del juego, en contra de la banalización y degradación de que ha sido objeto [énfasis propio; las cursivas no pertenecen al texto] (Bourdieu 2002, 121-122).

 

Así se entiende y se clarifica que la doxa del mercado, el neoliberalismo, existe en su versión orto-doxa: el fundamentalismo de mercado, dogmática que defiende a limine el libertinaje –hoy casi desahuciado, ¡por los mismos neoliberales!– pero, al mismo tiempo, se consolida una nueva versión: la hetero-doxa, donde el mercado es fundamental, defensora de las libertades “auténticas” de mercado, operación que pretende renovar la fe en el neoliberalismo y actualizarlo.

 

Esa es la función para la cual está dispuesta la herejía (neoliberal) y las críticas herejes. Lo que se necesita, sin embargo, para superar esta doxa, son blasfemias.

 

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* Agradezco a Carolina Jiménez y Lucas Castiglioni quienes me suministraron distintas informaciones en torno a la controversia generada por el artículo de Ostry et alter (2016).

[1] Las referencias sobre el Financial Times, Rodrik y Klein fueron tomadas del artículo: “La crítica del FMI al neoliberalismo levanta polvareda” del blog Jaque al Neoliberalismo (visita del lunes 6 de junio de 2016).

[2] Mientras que autores como Lazzarato (2013, 102) observan que el viraje neoliberal consiste en el “paso del ordoliberalismo al neoliberalismo norteamericano”, el tránsito al cual aquí aludimos recorre precisamente un itinerario inverso: desde las visiones ortodoxas (angloamericanas) hacia las heterodoxas (austroalemanas) del neoliberalismo. Además de registrar el desplazamiento de las prácticas discursivas en ese sentido (Fukuyama, Stiglitz, etc.), análisis recientes confirman nuestra interpretación (Mirowski 2013, 83-84). Por ejemplo, Blyth (2014, 203), explicando el ‘disputado presente’ en la idea de austeridad anota:

“(…) la austeridad acabaría consolidándose como una forma peculiarmente germana de organizar la economía, hasta terminar convertida en el principio rector del diseño sobre el que habría de estructurarse el proyecto europeo… La escuela austriaca también vendría a transformarse en una especie de cabeza de playa para los estadounidenses deseosos de recargar sus baterías con nuevos argumentos a favor de la austeridad” [énfasis propio].

[3] La centro-izquierda política, europea y suramericana, han enarbolado la hipótesis de la “inminencia”. Resulta, en todo caso, de una tesis insostenible a partir de las tendencias que muestran los hechos históricos empíricos, aún ideológico-políticos, de este esperado suceso. El “neoliberalismo sobrevendido” ha propiciado todo tipo de oportunismos. The Guardian, por ejemplo, ha interpretado instantáneamente (¿ingenuamente?) que hoy “estamos presenciando la muerte del neoliberalismo – desde adentro” (Chakrabortty 2016). Otra declaración, firmada por el Instituto Argentino para el Desarrollo Económico (IADE), resulta igualmente llamativa; animada por la sorpresa (“increíble pero cierto”), aprovecha la polvareda levantada por la posición fondomonetarista para convencer que:

“A partir del año 2003, otro rumbo tomó Argentina. Esencialmente, una política opuesta a las ‘recomendaciones’ del FMI… En el año 2015, los avatares de la política dieron la victoria electoral a Mauricio Macri y con ello vuelve a la arena el ideario neoliberal (…)” [énfasis propio] (IADE 2016, 2).

Esta declaración omite deliberadamente que varias ‘políticas’ de la era Kirchner (los ex – presidentes Néstor y Cristina Fernández, entre 2003-2015), estuvieron evidentemente alineadas y en consonancia con los postulados neoliberales del fondomonetarismo. Seguramente, uno de los ejemplos paradigmáticos fue la reforma a la Carta Orgánica del Banco Central de la República Argentina (BCRA) (véase Gambina, Puello-Socarrás & Castiglioni 2012).

[4] Esta sugerencia fue hecha hace poco por el fundador del Institute for International Economics (hoy: Peterson Institute), cuna del Consenso de Washington en 1989. A través de “recomendaciones de política” dispuestas ante el Congreso de los Estados Unidos, el Peterson Institute propuso cuál debería ser el “nuevo” papel del FMI en medio de la crisis, entre otros:

“(…) proveer consejos expeditos y persuasivos de política y ayudar a diseñar e implementar programas de reforma económica” anticipando que tales programas de reforma involucrarían “un balance entre dolorosos ajustes de política que necesariamente afectan el crecimiento económico en el corto plazo y el transitorio y necesario apoyo financiero” (Truman citado por Puello-Socarrás 2010).

[5] “En la campaña se garantizó la continuidad del equipo de gobierno y las políticas económicas del antecesor Tabaré Vásquez. Para Mujica estas políticas se resumen en la idea de alcanzar un capitalismo en seriobasado en el presupuesto de ‘sociedades decentes’ en lo económico para desarrollar al máximo las fuerzas productivas. Muchas veces ha manifestado que rechaza el consumismo pero asume que es el motor de la economía y el crecimiento” [énfasis propio] (Percy 2015).

[6] Existen múltiples ejemplos. Exactamente hace un año, la edición de junio de 2015, Finance & Development, el FMI publica el artículo: “What’s capitalism” (Jahan & Mahmud 2015), donde se acepta: “Puede que los mercados libres no sean perfectos pero son probablemente la mejor manera de organizar una economía”.

[7] Este cambio tiene poderosos efectos, por ejemplo, en el ámbito estructural y funcional de la (vieja) administración pública estatal (aparatos, organizaciones e instituciones). La idea de un Estado regulador viene siendo promocionada acríticamente desde los años 1970s bajo nociones como el Estado modesto (Crozier, 1992), el post-burocratismo (Barzelay & Armajani, 1998) de los 1980s-1990s y hoy, de la mano de teorías y fenómenos reformistas como la (Nueva) Gestión Pública (véase Bozeman 1998, 21). Estas expresiones son, en lo fundamental y como bien las ha calificado entre otros O. Guerrero (2004), el neoliberalismo en la “administración pública” contemporánea (véase Puello-Socarrás 2008b y Miroswski 2013, 87).

[8] Otro ejemplo sobre este tipo emergente de dispositivos e instrumentos de política pública son las Alianzas público-privadas que promueve el Grupo del Banco Mundial, a pesar que los balances técnicos, de política y político, muestran un éxito (o fracaso) relativo, por cierto bastante limitado, después de varios años de aplicación a nivel global (véase Engel, Fischer & Galetovic, 2014).

[9] Se trata de los fundamentos presentes en la definición que A. Müller-Armack le otorga a la Economía Social de Mercado en 1956 y en donde reconoce como cofundadores a W. Eucken, F.A. von Hayek y W. Röpke (éste último quien acuño por primera vez la voz: “neoliberalismo”). La cita es larga pero ilustrativa:

 

“(…) Los representantes de la economía social de mercado comparten con el neoliberalismo la convicción de que el antiguo liberalismo, si bien reconoció correctamente la importancia funcional de la competencia, dejó de lado los problemas sociales y sociológicos. A diferencia del antiguo liberalismo, su finalidad no es la reinstauración de una economía de laissez faire; su objetivo es más bien una síntesis novedosa. Asimismo, el concepto de la economía social de mercado se diferencia de manera precisa de una política económica intervencionista que mezcle elementos de dirigismo centralizado con otros de economía de mercado, hasta llegar a un bloqueo mutuo de aquellos elementos contradictorios entre sí, interfiriendo con el redimiendo económico. La economía social de mercado es un ordenamiento global de economía de mercado, conformado concientemente [sic]. La competencia debe ser el principio fundamental de coordinación (…) De este modo se distingue al socialismo, el cual desea lograr la reforma social a través de un dirigismo centralizado… Por consiguiente se puede definir el concepto de economía social de mercado como una idea de ordenamiento económico que persigue el objetivo de combinar, sobre la base de una economía competitiva, la libre iniciativa con el avance social, asegurado a su vez por el rendimiento de la economía de mercado”. [énfasis propio] (Müller-Armack, 1956: 17).

[10] Esta discusión fue desarrollada en el marco de la Conferencia: “Macro and Growth Policies in the Wake of the Crisis” (marzo de 2011) llevada al libro editado por Blanchard, Romer, Spence y Stiglitz: In the Wake of the Crisis (véase Blanchard et alt 2012).

[11] El académico tecnócrata colombiano, José Antonio Ocampo, uno de los ponentes de la conferencia fondomonetarista a la que hacemos mención y quien históricamente se ha identificado con las posturas heterodoxas del neoliberalismo, ofrece una buena noción sobre qué significa la “regulación”. Refiriéndose a la cuenta de capitales, indica que las regulaciones deben ser concebidas: “(…) as speed bumps rather than permanent restrictionsThis is true for any prudential regulation. Authorities always have to see how the market is evolving and adjust regulations to make them more effective” (Ocampo 2011, 5), es decir: “intervenciones” de ‘golpe’, de ‘topeteo’, nunca permanentes y siempre en función de los mercados. Oliver Blanchard inauguraba esta misma conferencia diciendo: “The crisis has clearly shown both the limits of markets and the limits of government intervention” [énfasis propio], frase que refirma en qué consiste exactamente concepto de “regulación”.

[12] Stiglitz (2012) insiste en good governance, “buena gobernanza”.

[13] Después llevada al libro editado por Akerlof, Blanchard, Romer y, una vez más: Stiglitz titulado: What Have We Learned?: Macroeconomic Policy after the Crisis (véase Akerlof et alt 2014).

[14] La lista resulta extensa, sin embargo, varios nombres llaman la atención por la frecuencia habitual en las conferencias fondomonetaristas y el rol que vienen jugando en las críticas neoliberales al neoliberalismo: John Williamson (relator del Consenso de Washington en 1989) y Adam Posen (ambos por el Instituto Peterson para la Economía Internacional), George Akerlof (Universidades de California y Berkeley, y FMI), David Romer (Universidades de California y Berkeley), Stanley Fischer, Nouriel Roubini, José De Gregorio, José Antonio Ocampo, Dani Rodrik y los premios nobel en economía: Michael Spence, Jean Tirole y, desde luego, Joseph Stiglitz.

[15] Como Director Gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn (2011) reforzaba esta idea: “Al formular un marco macroeconómico nuevo para un mundo nuevo, el péndulo se desplazará —por lo menos un poco— del mercado hacia el Estado, y de un entorno relativamente simple hacia uno relativamente más complejo… también debe dedicar[se] más atención a la cohesión social” [énfasis propio].

[16] “Repensar” el “nuevo marco” para la política macroeconómica debe interpretarse al interior del neoliberalismo fondomonetarista. Ello no implica que las ideas fundamentales hayan cambiado; únicamente se matizaron algunas líneas e instrumentos de política. Por ejemplo, la mal-llamada estabilización económica”, corazón de la estrategia neoliberal de desarrollo desde mediados de siglo y llevada a cabo en la época de las reformas estructurales, continúa hoy intacta:

“(…) Yendo hacia adelante, el nivel de ajuste fiscal   requerido… será formidable (…) Las implicaciones de política para la próxima o próximas dos décadas es que, cuando las condiciones cíclicas lo permitan, es necesario un gran ajuste fiscal, y si el crecimiento económico se recupera rápidamente, éste debería ser utilizado para reducir sustancialmente las proporciones de deuda/PIB en vez de financiar incrementos en el gasto o recortes en los impuestos” [énfasis propio] (Blanchard et alt 2010).

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