pcpazpicasso8Pese a los resultados negativos para el Sí, los electores hicieron prueba de sensatez, intentando escoger  el camino de la esperanza, buscando una salida política al conflicto armado. No podríamos hablar de guerra total ni derrota total, pues a manera de autocrítica faltó más trabajo pedagógico de los promotores del Sí sobre un proceso de negociación con la insurgencia de las FARC, que fue casi que confidencial durante varios años, el trabajo de persuasión no logró contrarrestar la campaña denigrativa de quienes lideraban el No.

Indiscutiblemente, los medios de persuasión de la campaña del No fueron muy eficaces, porque coherentes con un  tipo de psicología social imperante en el seno de la sociedad colombiana, por completo tergiversaron los contenidos de los acuerdos, a fin de mantener un sistema que se ampara  en los  déficits de seguridad, los miedos de las personas y las expectativas truncadas.

Con todo ello, hemos salido de la “espiral del silencio” de la cual habla Elisabeth Noelle-Neuman. Así pues, tantas décadas tuvimos como único  referencial el pensamiento de Edward Luttwak: “darle una oportunidad a la guerra, ya que se trata del hecho de que, aunque la guerra es un gran mal, si tiene una gran virtud: puede resolver conflictos políticos y conducir a la paz”.

Hoy las personas que han votado por el “Sí” en el Plebiscito, se constituyen en una masa crítica, que respetando a los del “No”, tendrán que continuar superando esa etapa de aislamiento, de minoría excluida, marginada, enmudecida. Tanto tiempo, obsesionados con la idea dominante, el pensamiento único  de que la guerra traducida en lucha contrainsurgente o combate contra la amenaza terrorista, como lo denominan algunos,  era aceptable, era eficaz para resolver el conflicto armado, negando toda posibilidad de tramitación política.

En esa guerra sin perspectivas, sin horizonte, pero en la que una minoría se ha lucrado de ella, se ha recurrido a la violencia conspirativa, al  uso desproporcionado de la fuerza, tal y como pasó con los bombardeos por parte del statu quo, gracias a la modernización de su flota área, en el marco de la “revolución militar”, auspiciada por el Plan Colombia, y de lado de la insurgencia, la infracción al DIH, los cilindros de gas, las minas anti-personas, instrumentos de aniquilamiento y destrucción, propios de las guerras harapientas.

Esta idea belicosa predominante, por parte del statu quo, con la que tantas personas han fundamentado la cohesión social y la defensa de la patria, con la mano derecha en el corazón, como saludo de “juramento de lealtad a la bandera”. Esta idea que hordas de paramilitares traducían en una condena de los opositores al ostracismo, al destierro o al aniquilamiento, pese a sus ruegos a la manera del personaje de Juan Rulfo: “¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad”.

Hoy las tesis de la paz y la reconciliación, gracias al plebiscito, por un  tiempo se desplegarán y en este sentido hay que hacer un homenaje a las miles de personas, cuyas vidas fueron segadas, que fueron inmoladas en el campo de la barbarie, y que muchas de ellas, creyentes o ateas, se sabían de memoria el párrafo de Nikoái Ostovski en “Así se templó el acero”:

“Lo más preciado que posee el hombre es la vida. Se le otorga una vez, y hay que vivirla de forma que no se sienta el dolor torturante por los años pasados en vano, para que al morir se pueda exclamar: ¡toda la vida y todas las fuerzas han sido entregadas a lo más hermoso del mundo, a la lucha por la liberación de la humanidad¡”.

Los 6.377.482  colombianos que votaron por el Sí, mediante un gran movimiento social tendrán que exigir la salida del “sistema de guerra” explicado por Nazih Richani, esa “economía positiva”, en que económicamente es mejor para los actores en conflicto hacer la guerra frente a los costos de la paz, ese “cómodo impasse” en que las fuerzas de los contendores se equilibran, pues el uno no vence y el otro no es capaz derrotar.

Este sistema tendrá que ser roto y  los guerreros tendrán que  volver a aplicar el código de honor: “Ser cortés incluso con sus enemigos”, “ser honrado en los tratos con todo el mundo”…“ Desarrollar un poder tan grande que debe ser usado para el bien de todos”…..

De ahí que se requiera un “núcleo duro”, una fuerza social organizada y contundente que sin ser atrabiliaria y maniqueista con los del “NO”, impulse un eficaz proceso de reconciliación. Tenemos que impulsar una cultura política que garantice el respeto del opositor, un estatuto de la oposición que garantice el principio de que la democracia representativa se basa en el pluralismo de ideas  y la alternancia de tendencias en el ejercicio del poder político.

De ahí que una nueva fuerza social, expresada en movimiento político y movimiento social, no solamente debe buscar cimentar desde la perspectiva institucional, las condiciones para una salida política del conflicto armado, sino que también gane la presidencia y la representación en el Congreso, a fin de que se garantice una nueva institucionalidad por la construcción de la paz.

Hoy más que nunca se requiere que haya una intervención civil en el conflicto, por supuesto que no se trata de aquella que impulsaba la política de seguridad ciudadana en el departamento de Antioquia y luego la política de seguridad democrática en el país, hincadas en la noción de “cooperar para la seguridad de todos”, lo que se articuló en las convivir, las redes de informantes, las redes de cooperantes, los soldados campesinos, los frentes locales de seguridad y los programas de recompensas, éstos que dieron lugar a cientos de ejecuciones extrajuciales, mal llamados “falsos positivos”, más de 3.000 casos investigados por la Fiscalía General de la Nación, 3.000 jóvenes vilmente asesinados por agentes del estado con tal de ganar “primas de rendimiento”.

Esta tergiversación de la intervención civil en el conflicto armado fue ensayada durante más de ocho años, se pretendía que la participación de los ciudadanos en la guerra fuese un recurso  estratégico como componente para la resolución del conflicto por la vía militar, se pensaba que la participación de los ciudadanos garantizaba la ventaja táctica y estratégica a favor de la Fuerza Pública en su lucha contrainsurgente o como la llaman ellos, contra la “amenaza narco-terrorista”.

De esta manera se intentó romper el criterio humanitario de la neutralidad de quienes piensan que por “encima de los intereses que inspiran los conflictos está la dignidad, el interés  y el respeto de la humanidad”. Si bien es cierto que la política de seguridad democrática  logró cierto grado de polarización de la sociedad, no alcanzó a convertir a todos los colombianos en colaboradores, delatores o lo que coloquialmente se denominan “sapos”, pues algo hay en la cultura del colombiano y es que aborrece la obsecuencia, (entiéndase como lambonería) y aún más la  “sapería”.

Peor aún la política de seguridad democrática con toda su “cooperación ciudadana”, su “revolución militar (cambios en la doctrina, la organización y la tecnología)  no logró derrotar la insurgencia con las decenas de billones de pesos que se gastó en la lucha contrainsurgente. Por consiguiente, hoy necesitamos promover un tipo de intervención civil en el conflicto armado que cree las condiciones concretas para una solución política del conflicto, una intervención civil no armada y que no brinde la ventaja táctica y estratégica a ninguno de los actores en conflicto.

Una intervención civil como un gran movimiento social que no solamente actúe sobre las consecuencias del conflicto, sino que exija la atención integral de las causas políticas, económicas, sociales que han creado situaciones de despojo, opresión y exclusión, incluyendo también cambios en las pautas de interacción y comunicación que han dado lugar a un ambiente de discordia y ánimos enfurecidos, que han promovido la macartización, el maniqueísmo, la desavenencia, la animadversión y la agresión gratuita  entre los colombianos.

Es decir, desde la perspectiva de intervención civil en el conflicto armado hay que cambiar la psicología social que históricamente  se ha desenvuelto, en el país, en un ambiente extremo, que ha incidido en un tipo de condiciones mentales que se han expresado en múltiples casos de manera desquiciada y deshumanizante, haciendo del desconocimiento del otro,  del terror y la violación de los derechos humanos un instrumento de control y usurpación del espacio, de los bienes individuales,  sociales y de los espíritus.

La ignominia,  el despojo, la arrogancia del poder han constituido parte del paisaje social, sustentado en cierto tipo de servidumbre voluntaria frente a los “mecías” que quieren cerrar las brechas de inseguridad, haciendo del miedo su estandarte y de la creación de chivos expiatorios como vehículos para desviar la atención de los auténticos factores que generan los problemas económicos, sociales, y políticos.

La descalificación y exclusión del otro por cualquier condición y motivación han conllevado a la distribución tremendamente desigual de los recursos de la sociedad colombiana, generando relaciones asimétricas que han provocado desigualdades desequilibrantes que avivan tensiones y conflictos que muchas de las veces se  resuelven no mediante procesos de politización para superar estas relaciones desiguales, en un contexto de concordia y paz, sino mediante la extorsión,  la rapacería, la intimidación y  la violencia.

No podríamos desconocer, tal y como la violencia se ha reproducido en nuestro país ha dado lugar a una especie de patología social que se muda en representaciones, actitudes y  pautas de comportamientos que rayan en una histeria colérico-colectiva, confusa que ciega el entendimiento y se expresa mediante prejuicios, amalgamas, diatribas, falacias y tergiversaciones, coherentes con el  espíritu  de una época que  sabe que “hablar y hacer son la misma acción”.

Por ejemplo, durante la campaña por el plebiscito observamos que algunos líderes del “No” recurrieron a una campaña denigrativa, a la tergiversación y la exaltación de los ánimos,  mediante percepciones, emociones, actitudes y acciones que sólo pretenden ver  en la insurgencia la fuente de todos los males sociales, sin considerar otros factores, negando toda posibilidad de apaciguamiento. De ahí que el proceso de construcción de paz tiene que convertirse, además de los cambios económicos, sociales y políticos, en cambios en las representaciones y la psiquis  de los individuos, lo que tendrá que configurar otro tipo de cultura política.

En conclusión, hay que continuar con el proceso de paz, incluyendo la intervención civil en el conflicto, su solución no puede ser únicamente el monopolio de élites tradicionales y élites emergentes que están más interesadas en su continuación que en su resolución, hay que trabajar por la reconciliación, exigiendo que la violencia no se use como recurso político, sino que se respete los derechos humanos, se promuevan los valores de la democracia. Continuar con una resolución del conflicto que no sea la vía violenta sino la acción no violenta, de tal modo que el conflicto se humanice, mediante la continuación del cese de hostilidades, la implementación de acuerdos humanitarios, no más secuestros y evitar toda acción que atente contra la vida, al integridad, la seguridad y la libertad de las personas.

 

Yegcid Walteros Ruiz es Profesor catedrático de la Escuela Superior de Administración Pública(ESAP) en Colombia.

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