mar-cielo-y-tierraA un año de las elecciones que pusieron a Mauricio Macri y el frente Cambiemos en la presidencia, el pulso electoral sigue marcando la dinámica temporal de este nuevo gobierno, no solo por las condiciones de partida (ausencia de mayorías propias en el legislativo),  sino también por las de llegada que suponen las elecciones de 2017. En este panorama, para el ex Presidente de Boca, el primer año de gestión aprueba holgadamente con una nota de 8, siguiendo tal vez los estándares de evaluación que obtenía en las escuelas privadas en las que estudió (Colegio Cardenal Newman, UCEMA y UCA). Sin embargo, esto no se condice necesariamente con el humor general del gran publico. Por ejemplo, el Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) que elabora la Universidad Di Tella no ha parado de caer en todo el 2016 (del 3.14 a 2.5 en una escala de 0 a 5), especialmente por la baja en los subíndices relativos a la “capacidad de gestión” y “evaluación general del gobierno”. Esto puede estar marcando que las expectativas ciudadanas de cambio no tuvieron un claro correlato con las modificaciones introducidas desde la Casa Rosada durante el 2016, lo cual fue confesión de parte del propio Macri cuando hizo el relevo de pruebas al advertir su animadversión al cambio sustantivo o –en sus palabras- “mágico”. Ahora bien, a un año de gestión, la evaluación de su gobierno requiere justamente auscultar cuál fue la dinámica del cambio, y en qué medida Cambiemos fue un aire fresco (o viejo) a la política argentina, fue una continuidad con nuevas vestiduras o bien únicamente la promesa de cambiar la veleta que nos dice que algo se mueve.

Uno de los discursos prioritarios de Cambiemos fue la defensa de las Instituciones y el Republicanismo, o lo que por ello entendiera especialmente Elisa Carrio. En pos de esta tarea, se emprendió un despido masivo de trabajadores en diversas reparticiones del gobierno en todos sus estamentos bajo el pretexto de “limpiar de ñoquis o de herencia K”, aunque a finales del 2016 el nivel del empleo público recuperó los niveles previos a la llegada de Cambiemos; se jaqueó constantemente a la Procuradora General de la Nación (Alejandra Gils Carbo) en pos de su desplazamiento; se designó a una militante del PRO (Laura Alonso) como encargada de controlar la corrupción en la gestión de lo público de su propio partido; se designó en primera instancia a través de un decreto (83/2015) a dos juristas para completar la Corte Suprema de Justicia de la Nación; se suspendió a través de un decreto (257/2015) la vigencia del Código Procesal Penal; se utilizó reiteradamente el veto presidencial (por ejemplo, contra la Ley Anti-Despidos) y los Decretos de Necesidad y Urgencia con niveles similares a los de Menem; y fue de las primeras naciones que reconoció al gobierno de Michel Temer en Brasil tras el turbio proceso de juicio político a Dilma Rousseff, entre otros aspectos.

Lo que queda en claro, es que más allá de las intenciones discursivas de pulcritud y “señoría inglesa” durante la campaña, un año de gestión con los “pies en el barro” muestra claramente que el gobierno de Macri se parece en mucho a los estilos presidenciales de tipo decisorios iniciados por Menem o de hostigamiento institucional a los opositores durante el kirchnerismo, sumado a una mixtura informal (cuando no off shore) de lo privado y lo público, que dista en demasía de la idea de republicanismo.

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*Publicado originalmente en: http://m.lacapital.com.ar/cambiemos-y-el-republicanismo-ocasion-n1300062.html

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